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PRESENTANDO MOMENTOS DE «GLORIA AL PADRE…»

 
Era temprano en la mañana y yo iba con mi padre en la camioneta, para ayudarle en alguno de sus trabajos de jardinería. Nos dirigíamos hacia el este para empezar el día con los clientes en los barrios del norte de Milwaukee, en la orilla del lago Michigan. Salía el sol, y aunque todavía estaba yo medio dormido, pude apreciar que era un amanecer particularmente hermoso. Mi papá también lo notó. «Oh, mira eso», dijo. «En momentos como este me entran ganas de decir la oración de “Gloria al padre, y al hijo, y al Espíritu Santo”». Y, conociendo a mi papá, estoy seguro de que terminó la oración en voz alta, en ese mismo momento.
 
Quizás me uní a él, honestamente no lo recuerdo. Yo era un adolescente y, como dije, estaba medio dormido. Pero el concepto se me quedó grabado: que la oración, incluso usando una oración memorizada, puede ser espontánea y estar relacionada con el momento presente, y no estar limitada a momentos o lugares específicos. Con el tiempo, me di cuenta del aprecio de mi padre por la naturaleza, y cómo era una parte clave de su espiritualidad personal. En efecto, «a través de la grandeza y de la belleza de las criaturas, se conoce por analogía al autor» (Sab 13,5).[i] Hoy me refiero a tales experiencias, es decir, a instantes de sentir la presencia de Dios y a sentirme llamado a responder de alguna manera, como «momentos de Gloria al Padre».
 
Me di cuenta de lo importantes que son los momentos de Gloria en mi vida espiritual poco después de comenzar en mi primera parroquia, menos de un mes después de mi ordenación. Como uno esperaría de un sacerdote, la gente empezó a venir a hablar conmigo sobre la oración y su relación más amplia con Dios. Y ¡esperaban que yo tuviera algo que decir! Me encontré volviendo a los fundamentos espirituales de mi relación con Dios, y así comencé a compartir con ellos este concepto de los «momentos de Gloria».
 
Ahora, mientras escribo esto, no diría que soy un sacerdote experimentado (llevo ordenado 5 años y medio). Pero he trabajado en tres parroquias en tres países distintos. Y al tener este tipo de conversaciones con personas de diferentes lugares, niveles económicos y educación, culturas e idiomas, todavía me encuentro regresando a este concepto básico de los momentos de Gloria. No creo que sea por pereza; más bien me ha sorprendido la cantidad de personas que carecen de un sentido básico de conexión permanente con Dios, de ver su presencia como algo constante y activo en sus vidas. Me imagino que las palabras de Pablo les parecerán a muchos tan distantes como debieron sonar a la gente de Atenas: «él no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser» (Hechos 17, 27-28).
 
Por lo tanto, me ha parecido que reflexionar sobre los momentos de Gloria es una herramienta eficaz para ayudar a alguien en un momento difícil cuando Dios se siente lejos, o al comienzo de un período más profundo de dirección espiritual. Nos ayuda a centrarnos en los principios básicos de la espiritualidad (cristiana o de otro tipo), a llamar la atención al momento presente y la presencia de Dios en ese momento presente. Y este tipo de «toma de conciencia es una herramienta poderosa en la etapa inicial de la transformación espiritual»[ii].
 
Al comienzo del proceso, por lo general invito a la persona a implementar el simple ejercicio de decir tres “Glorias” a lo largo del día. El truco es decir uno después de experimentar algo que sea hermoso, bueno o enternecedor, y hacerlo de inmediato, en el momento. No hay que esperar a que sea algo inmenso, fabuloso, sino que puede ser tan básico como una deliciosa pizza, una puesta de sol o el abrazo de un nieto. Para algunos, esto puede parecer simple, pero he descubierto que para otros (como fue para mí) cambia profundamente su relación con Dios. Es un ejercicio intencional que luego se convierte en un hábito y, con suerte, le lleva a uno a cumplir la instrucción de Maestro Eckhart, el gran teólogo y místico medieval: «Sé en todas las cosas un buscador de Dios y en todo momento, uno que sale para encontrar a Dios, entre todo tipo de personas y en todo tipo de circunstancias».[iii]
 
Después de años de reflexión sobre mi experiencia con este concepto de “momentos de Gloria” en mi vida personal de oración y en la guía de otros, ahora encuentro que es un ejercicio que vale la pena explorar y promover. A través de una futura serie de reflexiones, aquí en el Blog Ágora XXI, mi objetivo es reflexionar sobre este ejercicio para explicarlo y ofrecer cómo tiene el potencial de conducir a una relación más profunda con Dios. Creo que este simple ejercicio, convertido en hábito, puede tener resultados importantes en nuestras vidas como personas de fe cristiana. Porque, como muchas cosas relacionadas con Dios, lo que parece simple a menudo tiene la mayor profundidad.
 
En futuras reflexiones comentaré cómo mantener una apertura habitual a los momentos de Gloria y responder de inmediato a ellos establece una comunicación regular, que es fundamental en nuestra relación con Dios (como en cualquier relación duradera). Además, nos hace conscientes de la presencia de Dios para ayudarnos en tiempos difíciles; se convierte en una actitud de gratitud que crea verdadera humildad; nos impulsa a enfrentar nuestro pecado y a luchar por la justicia. De esta forma, con el tiempo, este sencillo ejercicio puede conducir a la conversión del corazón y, de ahí, a la alegría y la misión.
 
Sé que esto parece que sea esperar mucho de la más corta de las oraciones de memorización básicas, pero lo que propongo es una herramienta, no un fin en sí mismo. Como herramienta, puede ayudarnos a enseñarnos a «andar por la fe, no por lo que vemos» (2 Cor 5, 7). Es caminar por la fe, entonces, que nos damos cuenta de cómo «el Señor nos habla de modos muy variados en medio de nuestro trabajo, a través de los demás y en todo momento»[iv]. A lo cual respondo diciendo: Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era un principio, ahora, y siempre, por los siglos de los siglos.
 
En cada reflexión de esta serie, les invitaré a participar en un ejercicio sencillo. No debería sorprenderles que en esta introducción le invite a lo siguiente:
 
Trate de identificar tres “momentos de Gloria” a lo largo de su día, todos los días.
Haz una pausa y reza el Gloria de inmediato, en este momento.

[i] Traducción de la cita de Sabiduria como se encuentra en Papa Francisco, Laudato Si, n.12.
[ii] Haase, Albert (OFM). 2014. Catching Fire, Becoming Flame: A guide for spiritual transformation. Brewster, Massachusetts. Paraclete Press. p. 21.  Albert Haase es un fraile franciscano quien ha escrito mucho sobre la espiritualidad cristiana. Traducción del autor.
[iii] Talks of Instruction, 22.  Como citado en Haase, p. 77. Traducción del autor.
[iv] Papa Francisco, Gaudete et Exsultate, n. 171.

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LOS REYES, HERODES Y LA ESTRELLA

 
¡La Epifanía! Esta palabra que no aparece en la Biblia, pero se ha utilizado para describir la manifestación de Jesús como Mesías y Dios a las naciones. No hay un significado secreto ni un mensaje complicado en el Evangelio de hoy. Los Reyes Magos, personas que no eran judíos, vinieron de un país extranjero para rendir homenaje a Jesús, un Rey recién nacido. Para los magos, Jesús es un Rey, un Mesías, un Salvador y un Dios. Realmente no importaba que no fueran judíos.
 
¿No les parece interesante que Herodes y toda Jerusalén, que estaban tan cerca de Belén, no pudieran ver la estrella? Y aún más interesante es pensar que incluso después de que los magos se lo dijeran, Herodes y la gente no pudieron ver la estrella. “Ve a buscar al bebé y luego cuéntamelo”. En esta historia, solo los magos pueden ver la estrella.
  
Para entender esto, necesitamos saber que, en el Evangelio de Mateo, Jerusalén no es solo un lugar geográfico. También es un estado mental, una actitud. Estar en Jerusalén es pertenecer a una mentalidad nacionalista cerrada, exclusiva, rígida. En el Evangelio de Mateo, Jerusalén es el centro del judaísmo nacional. Aquellos que creían que Yahvé era su Dios y que la salvación era solo de ellos, estaban en Jerusalén. Y estas personas no aceptaron que la luz de Dios pudiese brillar mucho más allá de su ciudad y su propia gente. Monopolizaban la gracia de Dios. Sin embargo, como vemos en el Evangelio, la estrella brilló para los gentiles. y los primeros adoradores de Jesús fueron lo que los judíos rígidos llamaron impuros, paganos o simplemente extranjeros.
 
Este escrito de Mateo podría haber creado un poco de incomodidad para algunas personas. Pero la comunidad para la que Mateo escribió su Evangelio era una iglesia mixta, compuesta por judíos y gentiles. De ahí el valor de esta historia, para él.
 
Siempre que tratamos de ser exclusivos y concebimos la Iglesia como un club donde solo las personas elegidas pueden entrar y recibir la gracia de Dios, nos cegamos a las maravillas y a la luz que Dios comparte sobre otros que quizás nunca sean parte de la Iglesia. La Iglesia católica, para ser fiel a su fundador, como muchos dicen que es Jesús, siempre debe ser inclusiva. Nosotros, que compartimos el cuerpo de Cristo, tenemos la responsabilidad de extender esa gracia y amor a todos, sin importar quién sea esa persona. Por eso hoy celebramos la revelación de nuestro Dios como un Dios que es para todos, como un Dios que ama a todos, como un Dios que acoge a todos. La historia de los Magos nos enseña que los signos de Dios se vuelven invisibles para aquellos que excluyen a otros, para quienes tratan de monopolizar su gracia.

 

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ACERCA DE LOS EGOS DE HERODES Y DE SAN JOSÉ

En estos días de Navidad son muchos los personajes que aparecen en los relatos alrededor del nacimiento de Jesús en Belén. Los más tradicionales están representados entre las figuras con las que acompañamos al niño Jesús en nuestros Belenes domésticos y públicos: sus padres, los pastores, los magos de Oriente, etc.

El evangelista Mateo nos presenta a dos de ellos en el pasaje que acompaña la fiesta de los Santos Inocentes, insertada en la octava de Navidad. De forma contrapuesta, nos describe en primer lugar la reacción de Herodes, el rey de Judea, ante la noticia del nacimiento de un futuro rey en Belén. Su obsesión por eliminar a cualquier rival potencial, aun de sus descendientes, lo aboca a un acto de violencia feroz, ordenando la muerte de todos los niños menores de dos años en la zona de Belén.

Herodes representa a un individuo cuyo proyecto de vida es él mismo. Le aterra la idea de que, un día, él dejará de ejercer dominio sobre su pequeño reino. Como tantos líderes, antiguos y modernos, en cualquier ámbito social, empresarial o político, está empecinado en lograrse perpetuar a través de sí mismo, o de sus descendientes. Y no duda en recurrir a la violencia destructiva para garantizar su proyecto personal.

Cuanto mayor el Ego, mayor es la violencia que ejerce sobre los demás, y mayor es la frustración y la ansiedad en las que vive encadenada una persona que se dedica obsesivamente a eliminar posibles amenazas presentes o futuras a su alrededor, aun tan absurdas como lo pueda ser un recién nacido de padres humildes, frágil y en todo vulnerable.

El personaje opuesto a Herodes en este relato es el padre de Jesús, José. Dócil ante las indicaciones que recibe en sueños (señalando su abandono confiado en Dios), no tiene un proyecto personal que defender ante nadie, pues su centro son la madre y el hijo que le han sido confiados. Lejos de cualquier sentido de competición, se deja guiar para ir generando un entorno propicio en el que se pueda desarrollar el niño, quien trae dentro de sí la promesa de un futuro mejor.

Desanclado de sí mismo, José transmite paz y alegría en el desempeño de su misión, no exenta de riesgos ni de dificultades, que contrastan vivamente con la angustia y enojo de los que hace gala Herodes, quien aparentemente disfruta de una vida en la que lo tiene todo a su favor. Mientras Herodes vive totalmente centrado en sí mismo, José ha descubierto que el proyecto de su vida son el niño Jesús y su madre.

De forma similar, las personas que han puesto en el centro de sus vidas a los más vulnerables y necesitados, a aquellos que buscan refugio, a los rechazados y amenazados de nuestro mundo, se liberan a su vez de sus miedos y fatigas, pues descubren la paz en medio de su camino y de sus luchas.

 

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¿SOMOS, EN NAVIDAD, EMBAJADORES DE ALEGRÍA?

 

Hoy celebramos la gran fiesta del nacimiento de Jesús, la fiesta que, en cierto modo, lo cambia todo: la llegada de aquel niño, y la buena noticia que él anunció, marcaron un antes y un después en la historia de la familia humana. Para las personas creyentes, la fiesta de la encarnación significa una profunda transformación de la idea misma de Dios: el Dios altivo y alejado en el que habíamos creído, a veces indiferente, otras vengativo, siempre juez, se nos presenta ahora en este bebé pobre y tembloroso, custodiado únicamente por sus padres, gente humilde y sencilla, y un buey, y una vaca. Y esa nueva identidad de Dios, hecho uno entre nosotros, es, en verdad, un inmenso motivo de alegría.
 
Uno de los textos navideños más entrañables es el que leíamos, en preparación para la fiesta de hoy, en el cuarto domingo de Adviento: la visitación de María, embarazada de Jesús, a Isabel, embarazada de Juan el Bautista. Y ese texto, Lucas subraya precisamente la alegría que provoca la presencia del niño Jesús (en el vientre de su madre) a su alrededor: tanto Isabel como la propia María se llenan de júbilo, y el niño Juan «salta de alegría» en el vientre de Isabel.
 
¿Saltamos de alegría, nosotros, cuando sentimos cercana la presencia de Dios?
 
Vale la pena preguntárnoslo. Porque es curioso observar que, a menudo, la reacción que provoca en nosotros la cercanía con lo sagrado no es la reacción de Juan el Bautista, no es de alegría… sino de temor. O de culpabilidad. O ambas cosas a la vez. ¿Nos podemos imaginar a Isabel diciéndole a María «Cuando tu saludo llegó a mis oídos, la criatura se puso a temblar de miedo en mi vientre»? ¿O bien «Cuando tu saludo llegó a mis oídos, la criatura se puso a golpearse el pecho, diciendo “por mi culpa, por mi culpa”…?» Pues esa parece ser, a veces, nuestra respuesta, cuando sentimos la proximidad de Dios.
 
Se trata, tal vez, de reacciones comprensibles. Lo divino es inabarcable: confrontados con ello nos sentimos pequeños, y, como desde niños nos han enseñado que Dios es un juez severo, entonces su cercanía nos aterra. Y nos parecen, ante su presencia, más obvias nuestras culpas: es lo que le pasó a Pedro, que cuando comprendió quien era Jesús le espetó aquello de «apártate de mí, que soy un pecador» (Lc 5, 8).
 
Y, sin embargo, son reacciones que obedecen a una idea pre-cristiana de Dios, que no tienen en cuenta el Evangelio. El temor y temblor que nos provoca lo sagrado hunde sus raíces en la experiencia de culturas que asociaban a Dios con los fenómenos terribles de la naturaleza, y que desarrollaron la idea de un Dios al que, en todo caso, había que aplacar con nuestros sacrificios. Y todo eso no tiene nada que ver con Jesús y su mensaje; es más, justamente eso es lo que Jesús vino a desmantelar, con su buena noticia de que Dios es un padre misericordioso, enamorado de nosotros.
 
Comprender a fondo la Navidad es comprender que el Dios en el que creemos los cristianos siempre debería ser, para nosotros, motivo de alegría. Porque la Navidad significa que Dios no es juez, sino hermano, que no viene a condenarnos, sino a caminar con nosotros, que no nos mira con desdén, sino con ternura, que no debemos aplacarlo, sino agradecerle su bondad.
 
La cuestión que deberíamos entonces plantearnos los cristianos es si con nuestra conducta y actitudes ayudamos a comunicar que la cercanía de Dios es consuelo, y razón para la dicha… o no. Porque es indudable que a veces, con nuestra severidad, con nuestras actitudes rigoristas, incluso con nuestra amargura, lo que hacemos es perpetuar la idea (pre-cristiana i antievangélica) de que, ante Dios, lo más lógico es asustarnos. Cuando, en realidad, lo más natural sería reaccionar como Juan el Bautista: saltando de alegría.

 
¡Una feliz y alegre Navidad para todas y todos!

 

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EL ADVIENTO NO ES SUFICIENTE

 

No hay Navidad sin Adviento.
Pero puede haber Adviento sin Navidad.
El Adviento es necesario, pero no suficiente.
 
Necesitamos la Navidad
 
Juan el Bautista es necesario, pero no suficiente.
            Necesitamos a Jesús.
María es necesaria, pero no suficiente.
            Necesitamos a su hijo.
El arrepentimiento es necesario, pero no suficiente.
            Necesitamos esperanza.
Las oraciones son necesarias, pero no son suficientes.
            Necesitamos compromiso.
El Amor de Dios es necesario, pero no suficiente.
            Necesitamos al prójimo.
El amor es necesario, pero no suficiente.
            Necesitamos obras.
La vida es necesaria pero no suficiente.
            Necesitamos dignidad.
La unidad es necesaria, pero no suficiente.
            Necesitamos solidaridad.
La paz es necesaria, pero no suficiente.
            Necesitamos justicia.
La tolerancia es necesaria pero no suficiente.
            Necesitamos la integración.
La ley es necesaria pero no suficiente.
            Necesitamos misericordia.
Las palabras son necesarias, pero no suficientes.
            Necesitamos acción.
El respeto es necesario, pero no suficiente.
            Necesitamos delicadeza.
La familia es necesaria pero no es suficiente.
            Necesitamos la comunidad.
 
El Adviento es necesario, pero necesitamos la Navidad.

 

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SENSIBILIZAR A LOS JÓVENES SOBRE EL CAMBIO CLIMÁTICO EN BOLIVIA

 

Hace unos días, 68 jóvenes bolivianos de 17 y 18 años participaron en una charla sobre el cambio climático y la importancia de la plantación de árboles, así como el cuidado del medio ambiente. El colegio «Amor de Dios» en Cochabamba, dirigido por las Hermanas del Amor de Dios, invitó a Aniceto Arroyo (miembro asociado de la Comunidad de San Pablo, y técnico agrónomo) para que explicara la relevancia que tiene el mantener el equilibrio del medioambiente para mantener la vida en la tierra tal como la conocemos. Se aprovechó también para hacer hincapié a las palabras del papa Francisco sobre el tema: nunca deberíamos olvidar que el medio ambiente es responsabilidad de todos y que es un bien colectivo.

Después de la conferencia todos los participantes se desplazaron al convento franciscano de San José de Tarata (situado a una hora de la ciudad de Cochabamba), donde los jóvenes, junto con siete profesores, dos hermanas y el técnico agrónomo, plantaron 200 pinos producidos en el vivero que la Comunidad de San Pablo tiene en Totora Pampa (Municipio de Vacas) para la reforestación de la zona.

Fue una bonita experiencia poder trabajar con las Hermanas del Amor de Dios y así unir esfuerzos para compartir logros e inquietudes. Esperemos que en el futuro podamos seguir fomentando la consciencia de la importancia que tiene la crisis climática que estamos viviendo entre jóvenes de Bolivia.

 

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BRINDAR SALUD Y ESPERANZA: SERVICIOS DE ACOMPAÑAMIENTO PSICOLÓGICO EN BOGOTÁ

 

«P. Mike, ¿puedes venir a la oficina? Hay una madre aquí con su hija, que dice que no sabe a dónde más ir. Está bastante desesperada», decía el mensaje que recibí del secretario parroquial.
 
Fui a la oficina parroquial y me encontré con una mujer sentada, claramente alterada. «Lo siento padre, no sabía a dónde más ir. ¡Por favor ayúdela! ¡Dígale que Dios la ama!» Le pedí que tomara aliento y que me explicara la situación.
 
Su hija de 20 años, “Isabel”, había sido dada de alta el día antes del hospital psiquiátrico, después de estar allí un mes. La habían admitido después de haber hecho varios intentos de quitarse la vida. Le recetaron una larga lista de medicamentos fuertes. Esa misma mañana, habían ido a una clínica para hacer citas de seguimiento. Pudo concertar una cita breve con un psicólogo, pero le dijeron que no podría ver a un psiquiatra hasta al cabo tres meses.
 
Isabel ya no quería salir del hospital, y ahora se habían confirmado sus temores: pensó que sería demasiado difícil sobrevivir fuera de la seguridad del hospital. No sé qué les dijo a su madre y su padre (él estaba esperando con Isabel en el coche), pero tuvo el efecto de que vinieran a la parroquia desesperados, por sugerencia de una vecina.
 
«Por supuesto, hablaré con ella, si quiere hablar conmigo», respondí. Y le expliqué a la madre que, de hecho, nosotros como parroquia (a través de la CSP) ofrecemos servicios gratuitos de acompañamiento psicológico. «Sharoll, una de las psicólogas, está hoy aquí. Creo que sería bueno que Isabel hablara también con ella».
 
Resultó que la madre no tenía ni idea de que ofrecíamos servicios psicológicos. Y cuando dije que, considerando las circunstancias, Isabel podría ver a Sharoll tan pronto como Sharoll terminara su sesión con un paciente, el tono de la madre cambió, convirtiéndose en una mezcla de sorpresa y alivio. «No me lo puedo creer. Esta debe ser la voluntad de Dios. ¡Nunca me imaginé que Isabel pudiera hablar con un sacerdote y una psicóloga!»
 
Acordamos que Isabel entraría a hablar conmigo hasta que Sharoll estuviera disponible. Su madre la trajo, y era obvio que la joven no estaba bien. Iba más abrigada de lo necesario para el frío de la tarde. Entre su sudadera con capucha y la mascarilla, pude distinguir sus ojos agobiados mientras se negaban a mirar hacia arriba. Solo hablaría conmigo, dijo, si su madre también estaba presente.
 
Mientras nos sentábamos, Isabel dejó en claro que hablar conmigo había sido idea de su madre. Ella pensaba que era demasiado tarde. Quizás fue esta sensación de no tener nada que perder lo que hizo que entonces se abriera tanto: explicó que no se sentía cómoda estando sola con un hombre porque a los cuatro años había sido abusada (sus padres se enteraron años después). Aseguró que un tiempo atrás ella era «muy normal», y que tenía amigos, era feliz e incluso empezó los estudios universitarios. Pero la pandemia la llevó a estar demasiado sola, y comenzó a recordar cosas de su pasado y sintió que la oscuridad que la envolvía era insoportable. «He intentado huir de esta oscuridad, pero no sirve de nada. He terminado. Me siento mal por herir a mis padres, y lo tristes que se pondrán…» Con una fuerza increíble, la madre de Isabel dejó que su hija hablase, sin interrumpirla.
 
Sharoll terminó con su cita y vino a buscar a Isabel. Pasé un rato más hablando con la madre, que luego salió a esperar a su hija al lado de su esposo.
 
Cuando pienso en la madre de Isabel acercándose desde la desesperación en busca de ayuda y de un poco de esperanza, me viene a la memoria la mujer con pérdidas de sangre de los evangelios sinópticos. Había estado enferma y sufriendo durante doce años: Lucas asegura que “nadie” podía curarla (Lc 8, 43). Marcos es aún más negativo, al afirmar que la pobre “había sufrido mucho a manos de muchos médicos”, dejándola arruinada y peor que antes (Mc 5, 26). A menudo se la representa en el suelo, extendiendo la mano desesperadamente para tocar el manto de Jesús. Del mismo modo, la madre de Isabel pudo haber pensado: si la llevo a la iglesia, tal vez se sanará.
 
A raíz de haber empezado a ofrecer servicios de acompañamiento psicológico hemos comprendido mejor la desesperación que enfrentan, en nuestro contexto, muchas personas con respecto a su salud mental o la de un ser querido. Como en tantas partes del mundo, el acceso a la atención de salud mental es en Bogotá muy limitado, especialmente para familias y personas de bajos recursos. Esteban, un joven que visita regularmente a Sharoll, me explicó que tenía que esperar varios meses entre sus citas, que estas eran de apenas quince minutos, y no con el mismo psicólogo. La espera de tres meses para que alguien como Isabel vea al psiquiatra es típica, incluso cuando se trata de un paciente recién dado de alta del hospital psiquiátrico.
 
Es precisamente por eso que nosotros, como Comunidad de San Pablo, comenzamos a ofrecer estos servicios en 2020, y los ampliamos a principios de 2021. Para la mayoría de los que vienen, es la primera vez que pueden buscar y recibir apoyo para su salud mental. Como la mujer de los Evangelios e Isabel y su madre, se acercan y encuentran esperanza.
 
Quizás se pregunten acerca de Isabel. Me alegra poder decir que no se parece en nada a aquella chica que conocí en la oficina. Como dice Sharoll, «ha cambiado como de la noche al día». Sus sesiones la ayudaron a salir adelante, hasta que finalmente pudo ver al psiquiatra y a un psicólogo a través del sistema público. Ahora está tan bien que Isabel solo ve a Sharoll cuando pasa a saludarla, para charlar de su amor por los animales… y ha vuelto a estudiar.
 
Si desean conocer más detalles acerca de nuestro programa de acompañamiento psicológico, puede ver nuestro video en:
https://www.youtube.com/watch?v=3m2t1-M-28s

 

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EN LA FIESTA DE CRISTO REY

 

Este fin de semana celebramos a Cristo Rey y con esta solemnidad llegamos al final de nuestro año litúrgico. Siempre me he preguntado sobre el significado de esta celebración a la luz de un pasaje de Juan 6, 15: “Cuando Jesús se dio cuenta de que iban a venir y tomarlo por la fuerza para hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte él solo". En este pasaje, después de alimentar a cinco mil personas (Juan 6, 1-14), Jesús se resiste a ser visto como un rey. ¿Por qué? ¿Quizás no era el momento adecuado para hacerse rey? ¿O podría ser debido a la motivación detrás de la multitud para convertirlo en rey? Creo que se debe a la motivación de la multitud. ¡¿Quién no quiere un rey que puede multiplicar el pan?! Jesús, por supuesto, está dispuesto a alimentar a los hambrientos, pero si Jesús siempre hace el milagro, podríamos olvidar que, a través de la generosidad, renunciando a nuestros propios intereses, también podemos alimentar a los hambrientos. Es más fácil tener un rey que resuelva nuestros problemas. Es más difícil trabajar en esos problemas nosotros mismos, especialmente cuando debemos renunciar a nuestros propios bienes y esfuerzos.
 
También creo que Jesús se mostró reacio a ser visto como rey debido a las connotaciones políticas y elitistas que lo acompañan. Un rey es sociológicamente un miembro superior en la sociedad. Esta idea contrasta fuertemente con un Dios que se convirtió en uno de nosotros y adoptó nuestra humilde naturaleza humana.

De hecho, la Biblia hebrea refuta cualquier actitud elitista que pueda haber como rey de Israel. El libro de Deuteronomio no solo contiene la única ley impuesta a los reyes en esos tiempos, sino que también establece que ningún rey de Israel debe "exaltarse a sí mismo por encima de los demás miembros de la comunidad" (Deut 17, 20). Además, la idea de que Jesús sea un rey, separado de nosotros, es menos desafiante que verlo como igual a nosotros, alguien a quien seguir e imitar. No dudo que el título de rey sea apropiado para Jesús, ya que él es nuestro Dios, el único que debe ser alabado. Solo espero que la idea de su realeza no nos quite la responsabilidad que tenemos de imitarlo en su humanidad y no nos haga espectadores pasivos que solo piden favores. Su realeza es propia de los elogios que se le deben, no para considerarlo un monarca inalcanzable, cuyo único trabajo es otorgar favores a su pueblo.

 

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EL MANTO DE BARTIMEO

 

Hace tres fines de semana, en las eucaristías correspondientes al Trigésimo Domingo del tiempo ordinario (ciclo B), leímos el pasaje del Evangelio de Marcos que nos narra la curación del ciego Bartimeo (Mc 10, 46-52). No queremos hacer aquí una interpretación exhaustiva del episodio, sino fijarnos tan solo en un detalle muy concreto: cuando algunos de los que andan con Jesús animan al mendigo ciego a levantarse, porque el Maestro lo está llamando, él, nos dice el texto, «soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús». Todos sabemos lo que ocurre después: Jesús le pregunta qué quiere, Bartimeo responde que desea volver a ver, Jesús le dice «Anda, tu fe te ha curado», y Bartimeo recobra la vista y empieza a seguir a Jesús por el camino (completando así su conversión, pues al iniciar el relato estaba sentado «al borde del camino», o sea, al margen, allá donde, si recordamos la parábola del sembrador, cayó la primera semilla, que no dio fruto).

El detalle en el que nos queremos fijar es la precisión que nos ofrece Marcos que hemos resaltado en cursiva: antes de levantarse para ir al encuentro de Jesús, el ciego soltó el manto. ¿Qué representa este manto?

Lo más probable es que, en la mente del evangelista, el manto simbolice la identidad vieja de Bartimeo (aquella que lo mantenía en la ceguera, por haberlo situado al borde del camino) a la que él debía renunciar para poder seguir a Jesús con toda libertad. O tal vez Marcos quiere que pensemos en aquel manto que Elías echó encima de Eliseo (1 R 19, 19), representando la autoridad del profeta, que traspasaba a su discípulo: el gesto de Bartimeo, de deshacerse del manto, significaría entonces la renuncia a una posición de poder a la que él, hasta entonces, estaría aferrado.

Queremos, sin embargo, probar otra interpretación que nos ha sugerido la lectura del pasaje.

Bartimeo es un mendigo, un indigente, y para ir al encuentro de Jesús se deshace de su única posesión. El manto, en efecto, era todo lo que tenía aquel desdichado para protegerse del frío, de la lluvia, de la intemperie. Visto así, el manto de Bartimeo se nos aparece como el símbolo de aquellas mínimas y precarias posesiones que tienen los pobres. Representa el bienestar rudimentario que nuestra sociedad regala los más pobres… para, así, tenerlos callados.

Nuestro mundo capitalista, tan orientado hacia la acumulación constante de riquezas, permite que los más pobres tengan un espejismo de patrimonio. Si, en nuestras sociedades cada vez más desiguales, vastos números de gente no poseyeran absolutamente nada, y se estuviesen muriendo literalmente de hambre, habría un estallido social y una revolución cada día. Para evitarlo, el sistema económico en que estamos inmersos tolera que los más desafortunados tengan algo: en los hogares más pobres y vulnerables de los barrios más periféricos de una gran urbe latinoamericana como pueden ser Bogotá o México (por poner un ejemplo) hay un televisor, así sea viejo; y la gente tiene un teléfono celular, aunque la pantalla esté rallada, o medio rota, o el aparato se descargue a cada instante porque la pila ya está muy gastada; y hay una nevera, y en la nevera hay comida, así sea de poca calidad, y no muy sana. Este televisor destartalado, este teléfono con la pantalla partida y esta comida enlatada y poco saludable son el manto con el que hoy millones de bartimeos siguen protegiéndose de la intemperie. Migajas que el sistema injusto les permite disfrutar, con tal de que, a cambio, no molesten demasiado.

El gesto del Bartimeo del Evangelio, deshaciéndose de su manto, revela entonces a la persona despierta, aquella que abre los ojos y se da cuenta de la vida infinitamente más plena de la que podría gozar al lado de Jesús, y se da cuenta de las migajas con las que le han querido adormecer la consciencia. Una vez camine al lado Jesús, recobrada ya la vista, habrá adquirido un sentido mucho más hondo de su propia valía. Habrá entendido que la fe exige justicia. Habrá comprendido que, desde los ojos de Dios, todos tenemos derecho a un bienestar real, no solo aparente. Bartimeo, en definitiva, echa el manto a un lado porque ahora es consciente de su propia dignidad.

 

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APERTURA DE UN CONSULTORIO ODONTOLÓGICO EN EL PESEBRE (BOGOTÁ)

 
El día 12 de octubre, después de varios meses de preparativos, abrimos al público un consultorio odontológico en el barrio El Pesebre de Bogotá. Se trata de una nueva iniciativa de la Comunidad de San Pablo en Colombia, que pretende ofrecer servicios de odontología a bajo coste para las personas de los barrios La Resurrección, Granjas de San Pablo y El Pesebre, donde trabajamos en el marco de la parroquia La Resurrección.
 
El nuevo consultorio dental se suma a otras iniciativas que ya veníamos llevando a cabo en el campo de la salud: la labor de una enfermera que realiza visitas a domicilio y la de dos psicólogas que ofrecen acompañamiento psicológico varios días por semana.
 
Por ahora, el consultorio abrirá los martes y los jueves. La odontóloga que hemos contratado es una persona con muchos años de experiencia en el campo, que además comprende la vocación de servicio de este consultorio en particular.
 
La población de nuestros barrios (en los que hasta ahora solo había una pequeña clínica dental, privada) ha acogido con mucha alegría y agradecimiento esta nueva iniciativa. Esperemos que el consultorio sea un signo más de la labor de la Iglesia en estos sectores vulnerables de Bogotá, dirigida a dignificar la vida de sus habitantes.

 

 

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