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¿POR QUÉ PERMITIMOS QUE NOS MIENTAN?

La posverdad, Mark Twain y nuestros miedos

 

En teoría vivimos en un mundo que valora positivamente la verdad, y si nos preguntaran qué virtudes esperamos encontrar en nuestros líderes políticos (y también en intelectuales y académicos, en la gente del mundo de la cultura, en los profesionales del periodismo…) seguramente muchos mencionaríamos la integridad y la honradez, sin tenerlo que pensar demasiado. Queremos creer que nuestra sociedad aplaude a aquellos que dicen la verdad y repudia a los que mienten.
 
Ahora bien, ¿es así? ¿Hasta qué punto nos importa realmente que los políticos a quien votamos, los analistas a quien escuchamos y los autores a quien leemos sean veraces?
 
Es pertinente formularnos estas preguntas porque, de hecho, la evidencia sugiere que el debate público actual está infestado de mentiras y mentirosos: líderes políticos de todo signo se plantan a diario ante los micrófonos y sin que les tiemble la voz nos dicen medias verdades, tergiversan los hechos, omiten información, aseguran cosas que no saben… tanto es así, que hasta hemos acuñado un término, el eufemístico “posverdad”, para hablar de esta vitalidad de la mentira.
 
Pero seguramente este no es el principal asunto: siempre han existido personajes que han pensado que el engaño era la vía más rápida hacia el poder. La cuestión que nos interesa explorar es otra: nos queremos preguntar hasta qué punto vivimos en la era de la posverdad porque nosotros (los ciudadanos de a pie) lo permitimos. ¿Por qué permitimos que nos mientan?
 
En esta breve reflexión quisiéramos sugerir, en efecto, que el problema no está tanto en el líder que ofrece un discurso en el que falsea la realidad, sino en la población que lo aplaude a pesar de sus mentiras. Tal vez lo que ocurre es que (en contra de lo que nos decimos a nosotros mismos) no buscamos por encima de todo líderes cuyo compromiso con la verdad sea incuestionable. Quizá lo que buscamos en nuestros líderes son otras cosas, y estamos más que dispuestos a renunciar a la verdad si este es el precio que toca pagar para conseguirlas.
 
La normalización de la mentira
Sin que la siguiente afirmación pretenda ser un dictamen absoluto (no quisiéramos negar la existencia de líderes actuales comprometidos con la verdad), digamos, como punto de partida, que la falsedad no es extraña, ni siquiera excepcional, en la boca de las figuras públicas que a diario se asoman a nuestras pantallas, noticieros y periódicos. Se trata de un fenómeno global: en el norte y en el sur, en países grandes y en naciones pequeñas, en democracias y en dictaduras, hay autoridades que mienten, y que mienten descaradamente. Se trata de un hecho tan común que ya no escandaliza a nadie. No faltan, afortunadamente, medios de comunicación más o menos independientes que se empeñan en poner de relieve la falta de integridad de las figuras públicas: ya va siendo frecuente, por ejemplo, que la prensa analice la veracidad de las afirmaciones de los participantes en un debate electoral, una vez el debate ha concluido. Nos informan: «El candidato 1 tergiversó la realidad en tal afirmación; el candidato 2 no tiene pruebas factuales que apoyen lo que dijo en respuesta al candidato 3; las cifras económicas que ofreció el candidato 3 son cuestionables». Nos informan… y después no pasa nada. Y eso es lo grave.
 
Lo preocupante, insistimos, no es que haya políticos que mientan: lo grave es que los ejercicios de desenmascaramiento a través de los cuales se ponen de manifiesto sus mentiras no afecten negativamente sus carreras; lo grave es que ellos mientan, nosotros lo sepamos y, sin embargo, los sigamos votando. Como si no nos importara mucho que unos personajes que están pidiendo nuestro voto, o que ya dirigen nuestros gobiernos, dejen caer, aquí y allá, inexactitudes, mentirijillas y calumnias. Parece, como apuntábamos, que hayamos aceptado que en el juego político la mentira es inevitable.
 
Que los hechos no estropeen una buena historia
Tal vez haya algo de cierto en la idea de que la mentira no se puede evitar, porque la falsedad en la que caen con tanta facilidad nuestros líderes es, en parte, consecuencia del momento que vivimos: en nuestro mundo digitalizado, acelerado e hiperconectado, donde nadie parece tener tiempo para detenerse a examinar la complejidad de las cosas, solo funcionan bien los mensajes simples. Nuestros líderes han entendido que sus discursos deben ser directos, despojados de matices, y por lo tanto se ven empujados a simplificar realidades muy complejas. Es decir, que muchas veces la mentira no empieza como tal: empieza como un intento de reducir problemáticas complicadas a esquemas fáciles de explicar. Para lograrlo, un día se ignora un elemento del problema («hoy no hay tiempo de entrar en eso»); otro día se magnifica el aspecto del asunto que nos conviene resaltar («todo lo demás es secundario»); otro día se sacan de contexto las declaraciones de un rival; y muy pronto, después de dar varios pasos en este sentido (simplificar, simplificar, simplificar…) lo que se está comunicando ya es una falsedad pura y dura.
 
Daría la impresión, en definitiva, de que nuestros líderes han decidido seguir al pie de la letra aquella irónica máxima que se atribuye a Mark Twain: «No dejes que los hechos estropeen una buena historia». Los hechos son un fastidio para quien busca el aplauso de una sociedad que nunca tiene tiempo para examinar a fondo ninguna cuestión. Eso es lo que han comprendido los líderes de hoy, y se diría que más de uno ha convertido el “consejo” del autor de Tom Sawyer en su divisa más sagrada. Con un tweet es más fácil explicar una buena historia en blanco y negro que describir los tonos grises y las ambigüedades que la vida nos presenta. Eso sí, para lograr que nuestra historia sea buena, a menudo tendremos que obviar hechos incómodos y contradictorios. Muchos políticos, instalados en esta lógica, dejan de ser cuidadosos analistas de la realidad para convertirse en excelentes fabuladores: lo que importa ya no es examinar con rigor la totalidad de los datos disponibles, sus paradojas y sus ambivalencias; lo que interesa es elaborar una narrativa coherente y atractiva que todo el mundo pueda entender, aunque para lograrlo haya que descartar algunos hechos (los que echarían a perder la nitidez del relato).
 
 Mark Twain describió irónicamente los mecanismos de lo que hoy llamamos “posverdad”.

 

Vivimos inmersos en un gigantesco mercado global de información: en este mercado, donde la oferta de mensajes es vastísima, los emisores (aquellos que creen tener algo que decir) compiten entre ellos con uñas y dientes por conseguir la atención de un número significativo de receptores; se desata la lucha para lograr que mi mensaje sea escuchado por más personas que el tuyo, el combate para asegurar que mi opinión no desaparezca en pocos segundos arrollada por la catarata constante de opiniones de otra gente. En esta lucha sin cuartel por conseguir ni que sean unos pocos instantes de relevancia, los mensajes simples (las «buenas historias» que, para serlo, deben ignorar los hechos que las estropearían) tienen muchas más posibilidades de sobrevivir que los mensajes complejos, matizados, necesariamente extensos y farragosos, que exponen la ambigüedad de los asuntos tratados. Dicho crudamente: si quieres que te escuchen, miente.
 
¿Por qué permitimos que nos mientan?
Lo dicho hasta aquí tal vez explique por qué el compromiso de tantas figuras públicas con la verdad es, en el mejor de los casos, tenue. Nuestros líderes buscan la relevancia, les aterra quedar fuera de los focos, y piensan que si simplifican su discurso (y tarde o temprano eso los lleva a mentir) podrán mantenerse en la cresta de la ola y seguirán siendo relevantes. Pero ¿por qué les funciona la táctica? En otras palabras, la pregunta que queda pendiente es la que nos hacíamos al iniciar esta reflexión: ¿Por qué seguimos votando, escuchando y aplaudiendo a gente que falsea la verdad? ¿Por qué no reprobamos al mentiroso? ¿Por qué permitimos que nos mientan?
 
Aunque es probable que no exista una respuesta universal a esta cuestión, sí nos parece interesante apuntar en la siguiente dirección: quizá a menudo toleramos que nos mientan (y a veces hasta lo exigimos) porque deseamos una casa; anhelamos con todo el corazón tener una casa ideológica, una comunidad de pensamiento y sensibilidades que podamos llamar “hogar”, en la cual nos sintamos cómodos y seguros. Queremos mapas bien definidos del territorio moral en el que nos movemos, y queremos estar muy seguros de quién está de nuestra parte. Necesitamos saber con quién sentirnos en familia. Este anhelo tiene un miedo correlativo: el terror a la intemperie, a vivir sin hogar, a no pertenecer a ningún bando, a ser lo que podríamos llamar unos “sintecho ideológicos”. Es este miedo, combinado con aquel anhelo, el que nos lleva a tolerar las tergiversaciones de nuestros líderes: porque en realidad lo que esperamos de ellos no es un discurso verídico y factualmente irreprochable sino un discurso que confirme nuestras posturas, que certifique que estamos en el bando correcto, que ratifique nuestras sensibilidades, que corrobore lo que ya sabíamos. No queremos cuestionar a los líderes, cuando dicen medias verdades o cuando mienten sin rubor, porque cuestionarlos nos empujaría a la periferia del grupo y, de allí, quizá, a la indigencia, a la intemperie, a convertirnos en aquellos sintecho ideológicos que nos aterra llegar a ser.
 
En definitiva, a nuestros líderes les toleramos las falsedades precisamente porque son los nuestros, los que nos ofrecen aquella casa ideológica que anhelamos, los que nos dicen que tenemos la razón.
 
¿Es posible corregir esta lógica y recuperar la centralidad de la verdad, para que ella nos ayude a entender mejor el mundo y a buscar soluciones duraderas a nuestros conflictos y retos? Creemos que sí: para lograrlo, lo principal es perder el miedo a la intemperie, y comprender, por decirlo de alguna manera, que las estrellas se ven mejor desde un descampado que desde el centro de la ciudad. Liberados del miedo a quedarnos sin casa ideológica podremos atrevernos a ser un poco más críticos con nuestros líderes; a reconocer lo que haya de razonable en la postura de nuestros rivales; podremos arriesgarnos a examinar las paradojas, complejidades y contradicciones de cada situación. Y podremos dejar de sacrificar los hechos en aras de lograr una buena historia. Mejor aún: por fin entenderemos que la mejor historia es aquella que no excluye ningún hecho. Mark Twain, en el fondo, lo sabía muy bien.

 

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CLASES DE GUITARRA PARA PEQUEÑOS Y JÓVENES

Treinta niños y adolescentes se inscriben a las clases de música que la CSP inicia en el barrio El Pesebre de Bogotá

 
El Centro de Desarrollo Comunitario “Casa Garavito”, que inauguramos el pasado mes de abril en el barrio El Pesebre de Bogotá, ya funciona a buen ritmo. La última iniciativa a la que hemos dado inicio en las instalaciones de dicho centro (además de los cursos de costura para mujeres, clases de formación para el adulto mayor, biblioteca, reuniones de un grupo juvenil y un taller semanal de Biblia) ha sido un curso de guitarra para niños y jóvenes del barrio.
 
Anunciamos esta nueva actividad por el barrio y en pocos días se inscribieron treinta niños (de 10 años para arriba, aunque se nos “coló” alguno de 8 y de 9) y adolescentes. Los dividimos en dos grupos, y las clases se han venido desarrollando sin problemas desde mediados de junio, todos los sábados. Por el momento, los futuros guitarristas están entusiasmados con lo que van aprendiendo, y Manuel, el instructor, nos asegura que los alumnos van progresando con ilusión.
 
No cabe duda de que la música ejerce un atractivo muy especial en nosotros, tal vez especialmente en los jóvenes. En este sentido, nos alegra poder ofrecer un servicio como este en un barrio donde las oportunidades para aprender a tocar un instrumento son, hoy por hoy, muy escasas.

 

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UNA VIDA QUEMANDO CARBÓN

La Comunidad de San Pablo inicia un proyecto de suministro de agua para agricultura como alternativa a la quema de carbón en República Dominicana

 

 

Antonio tiene 70 años y ha vivido siempre del monte: toda la vida talando árboles para la construcción de viviendas y para vender leña o carbón. En el pueblo de Barrera, junto a la Sierra de Martín García, un hermoso parque nacional protegido en el suroeste de la República Dominicana, ese era el sustento básico de casi la mitad de los habitantes de este pueblo de 2.500 personas. Hace dos años el Ministerio de Medio Ambiente prohibió la comercialización del carbón vegetal para proteger la vegetación de la zona, aunque sin proponer alternativas. Desde entonces, los pobladores insisten en cultivar la tierra para salir adelante, pero el agua es escasa.
 
En diversas reuniones mantenidas con la comunidad surgió la idea de canalizar el agua de un manantial que ahora apenas se usa. El agua, que corre por una acequia natural, se pierde en gran parte por la evaporación, la filtración y también porque durante la noche nadie la usa. Con la ayuda de un ingeniero, hace ya casi un año se diseñó un proyecto completo, con el plan de construir una protección del manantial, un depósito de agua y la canalización con tuberías hasta las zonas de cultivo, y explotar cultivos alternativos de alta rentabilidad con sistemas de riego por goteo.
 
En estos momentos se está iniciando la primera fase del proyecto, con la construcción de la protección del manantial, gracias a la visita y ayuda del grupo “Project Agua” de Milwaukee (EE. UU.), liderados por Mr. Patrick Harrington. Nuestro amigo Antonio nos decía hace unos días: “¡Es muy duro vivir del carbón! Si pudiéramos no nos dedicaríamos a esto”. Ojalá este proyecto se convierta en una alternativa válida para el sustento de los pobladores de la zona.

 

 

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VIAJE AL CORAZÓN DE SURAMÉRICA

Un grupo de Milwaukee visita los proyectos de la CSP en Cochabamba, Bolivia

 

 

Del 22 al 30 del pasado mes de mayo un grupo de feligreses de la Arquidiócesis de Milwaukee visitó los proyectos que la Comunidad de San Pablo lleva a cabo en Bolivia. Coordinaron la vistita la directora de la oficina de misiones de Milwaukee, la Sra. Antoinette Mensah, y el P. Juan Manuel Camacho, de la CSP.
 
Los visitantes pudieron conocer de cerca la realidad de los niños de la calle de Cochabamba y escuchar por boca de los mismos niños sus historias personales. El programa que la CSP tiene en Cochabamba (del que este blog se ha hecho eco en repetidas ocasiones) quiere prevenir que niños que están en situación de calle terminen por ser consumidores de drogas. Desde la Casa San José (centro de acogida de los niños) se busca reintegrar a los menores y adolescentes con sus familias, llevando a cabo un proceso de acercamiento y conocimiento de cada situación particular.  
 
El grupo de los EE. UU. también pudo hacerse una idea de las dificultades de la vida de los campesinos de los Andes, en la zona rural de Cochabamba, situada a 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar: estos campesinos se enfrentan a los rigores de la naturaleza produciendo llamas, ovejas, patatas y habas, así como pinos para reforestar sus montañas. La CSP trabaja por el desarrollo humano integral de las comunidades indígenas del municipio de Vacas e Independencia.
 
El objetivo del viaje era ayudar a sus participantes (en su mayoría jóvenes) a reflexionar sobre la realidad misionera de la Iglesia y sobre las diferentes expresiones de fe que viven los pueblos entre los que la Comunidad de San Pablo trabaja. Con ello se busca profundizar la conexión de la Iglesia local de Milwaukee con la realidad universal de la Iglesia. Fue, sin duda, un viaje muy fructífero.

 

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TOMÁS: LA AMBIVALENCIA DEL “MELLIZO” (II)

Nos referimos en un anterior escrito a la valentía de Tomás en el evangelio de Juan (“Tomás: La valiente necesidad de la experiencia”), así como a su modernidad en tanto que se muestra necesitado de tener “experiencia” del Resucitado (de hecho, hay quien le ha considerado por ello “patrono de la Ilustración”[1]). Intentaremos ahora centrarnos en el significado de su nombre. ¿Por qué el autor de este evangelio insiste cada vez que aparece nuestro personaje en aclarar que “Tomás” significa “mellizo” (en griego, “dídimo”)?. ¡Lo hace hasta en cuatro ocasiones!
 
Una primera aproximación nos llevaría a considerar la ambivalencia del personaje –en el mundo romano, el dios Janus Geminus (“gemelo”) era representado con dos caras. Tomás se mueve en dicha ambivalencia, con un polo positivo y otro negativo, en todos los pasajes en que aparece:
 
– Jn 11,7-16: En el contexto de la muerte de Lázaro, cuando Jesús propone subir a Judea, por un lado a Tomás le puede la fuerza del compañerismo, y no duda en proponer subir a Jerusalén -como un “doble” del propio Señor- para acompañarle hasta la muerte: “vamos también nosotros a morir con Él” (v. 16). Pero por otro lado no ve que haya nada más allá: la muerte es el final. 
-Jn 14,1-6: En el contexto de la última cena, cuando Jesús dice a sus discípulos que ya saben el camino a donde va, Tomás manifiesta no saber dónde se dirige (v. 5): “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (de hecho está siguiendo lo afirmado por Pedro – de quien ahora parece ser un “doble”- poco antes, en 13,36: “Señor ¿adónde vas?”). Tomás sigue con su falta de fe en la resurrección. Pero, aunque es cierto que no entiende qué quiere decir Jesús -en eso no se diferencia de los demás-, a diferencia de ellos, se atreve a preguntar, y con esa pregunta posibilita una de las intervenciones de Jesús en términos –divinos- de “yo soy”: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (v. 6). 
-Jn 20,24-29: En el contexto de la aparición del Resucitado a sus discípulos, Tomás, en su pasaje más conocido, sigue con su falta de fe en la resurrección -no falta de fe en el Señor, precisemos; en todo caso falta de fe en el testimonio de sus compañeros-, pero de manera inmediata, sin titubear, manifiesta la divinidad de Jesús: es el único personaje que lo afirma en todo el evangelio de Juan, al decir “Señor mío y Dios mío” (v. 28). 
-Jn 21, 2-14: En el último capítulo del evangelio, y última aparición del Resucitado –capítulo que sin duda no figuraba en una primera redacción del mismo-, Tomás se encuentra entre el grupo de los siete discípulos que tras la resurrección de Jesús ponen de manifiesto no haber acabado de comprender el mensaje: se vuelven atrás a su antiguo oficio de pescar (una vez más sigue a Pedro en su cerrazón, como hemos dicho al referirnos a Jn 14,5). Pero por otra parte, en positivo, ese grupito es el que manifiesta iniciativa, y además con una incipiente visión universal del mensaje del Señor, reflejada en el número siete, símbolo de universalidad (aunque de Tomás se nos recuerda que es también “uno de los Doce”, algo que en Juan sólo se afirma asimismo de Judas, en Jn 6,71, con una connotación más que probablemente negativa en ambos casos). Recordemos finalmente, también en positivo, que uno de esos siete es el “discípulo amado” de Jesús, ese personaje tan sugestivo y enigmático a un tiempo. 
 
Como vemos, Tomás es el personaje que se mueve siempre en la ambivalencia, con valores positivos –valentía, adhesión a la persona de Jesús, capacidad de decir lo que piensa y tomar iniciativas- a la vez que se muestra su falta de comprensión, específicamente su falta de creencia en la resurrección: cree en el Jesús terreno, en el hombre; hasta que no le vea Resucitado no creerá (de hecho, al final, a pesar de haber manifestado que le hacía falta tocar para creer, le bastará con verle).
 
Una vez más, qué cercano se nos hace este discípulo: ¿No estamos nosotros siempre, los que queremos seguir a Jesús, en esa tensión entre nuestra adhesión a Él, y nuestra falta de comprensión en la práctica –debido a nuestros miedos, inseguridades, y tantas otras cosas- de todo aquello que ser amigo de Jesús implica? ¿No nos aferramos a lo material como si no hubiera otra vida –al mejor estilo de Tomás?
 
Incluso para toda persona, creyente o no, ¿no nos sentiríamos identificados con este Tomás, vital, animoso, que a veces habla sin haberlo pensado demasiado, pero que duda, en su individualidad diferenciada de los demás? En el mundo de hoy si algo se valora es la manifestación de la propia personalidad, característica que unida a la amistad configuran dos valores con los que se identificarían la mayoría de nuestros contemporáneos en el mundo occidental. La existencia de un personaje como Tomás en el evangelio, nos anima en los momentos en que la tensión interior propia de la ambivalencia que llevamos siempre con nosotros -en mayor o menor medida-, tiende a hacerse insoportable.
 
Esperamos haber señalado nuevos matices de este rico personaje evangélico (ya decíamos en nuestra anterior entrega que no se trata para nada de un personaje “plano”). Pero, ¿podemos entresacar algo más de su ser “mellizo”? A ello pensamos dedicar una tercera y última entrega.

 

 


[1] Cf. Jaroslav Pelikan, Jesús a través de los siglos. Su lugar en la historia de la cultura. Herder, Barcelona, 1989, p. 248.

 

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CATORCE AÑOS CON LOS NIÑOS Y ADOLESCENTES DE COCHABAMBA

Conmemoración del aniversario de la Casa San José en Bolivia

 

 

El 1 de mayo, día de San José Obrero, es una fiesta muy señalada para Casa San José en Cochabamba, Bolivia: marca nuestro aniversario. Hace catorce años que abrimos las puertas para acoger a niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad, especialmente en riesgo de calle y en calle, para que vivan dignamente mientras se trabaja con la familia de origen para que la reintegración familiar del joven sea exitosa, y no se repita la desprotección.
 
En Bolivia hay cerca de 2.200 niños y adolescentes que viven en la calle, más de 1.000 viven en cárceles acompañando a sus padres, que cumplen algún tipo de sentencia penal, y otros cientos son víctimas de la violencia sexual comercial, la trata y el tráfico.
 
Para conmemorar el 14º aniversario de la Casa, el pasado día 1 de mayo Monseñor Tito Solari (arzobispo emérito de Cochabamba) nos acompañó y celebramos la eucaristía con los 24 niños y adolescentes que están actualmente en Casa San José. Fue una celebración muy hermosa, cálida y alegre. Monseñor repitió varias veces a los niños acogidos que a Dios lo que más le gusta es que los niños siempre sonrían y estén alegres. «Sean niños sonrientes, transmisores de luz, para que iluminen siempre el mundo, pues Dios los tiene en su corazón y los ama mucho», les dijo.

 

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PENTECOSTÉS: EL ESPÍRITU, QUE NO SABE DE JERARQUÍAS, SE DERRAMA SOBRE LA COMUNIDAD

En el relato de Pentecostés que nos ofrece Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 1-11) llama la atención la absoluta liberalidad con que el Espíritu Santo se desparrama sobre los discípulos. Sobre todos los discípulos. El Espíritu es, en efecto, abundante y espléndido. El texto afirma que las lenguas de fuego «se repartían posándose encima de cada uno» (es decir, sin evitar ni esquivar a nadie), y acto seguido insiste: «Todos se llenaron del Espíritu Santo».
 
El Espíritu no es tacaño, no es selectivo, no es elitista. El Espíritu desconoce las jerarquías, enseñándonos, de paso, que estas siempre son una construcción humana.
 
Imaginemos, por un momento, un texto alternativo:
 
«El día de Pentecostés estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que empezaron a revolotear por encima de los discípulos buscando a los más capaces, a los que llevaban la batuta del grupo, a los más listos, a los mejores, y se posaron sobre ellos. Los tres o cuatro agraciados se llenaron del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, mientras los demás les felicitaban, un poco contrariados y secretamente envidiosos, porque a ellos no les había tocado lengua de fuego».
 
Este texto ficticio, que Lucas no escribió, nos hablaría de un Espíritu que reconfirmaría las jerarquías humanas, que solo se donaría, con mucha cautela, a unos pocos; tal vez a los que habrían dado muestras de que sabrían aprovechar el don recibido.
 
Pero no, no es este el texto que nos dejó Lucas. En el suyo, el auténtico, las lenguas se posan sobre todos y cada uno de los presentes y el Espíritu los inspira a todos sin excepción. Podemos suponer que habría en aquella sala discípulos valientes y discípulos temerosos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, discípulos avispados y otros menos brillantes, habladores y taciturnos, audaces y dubitativos, vigorosos y cansados… como en cualquier grupo humano. Y a todos se acercó el Espíritu, y todos se llenaron de él.
 
Nuestras categorías humanas (aquellas con las que nos miramos unos a otros, valorando los aciertos de algunos y subrayando los errores de los demás, aplaudiendo éxitos y señalando fracasos, buscando aptitudes y marginando a quienes sospechamos plagados de defectos) nunca deberían opacar el hecho de que, en Pentecostés, el Espíritu no se dejó engañar por ningún elitismo de este tipo, ni por jerarquización alguna, y se dio, con confianza y libertad, a todos los que estaban reunidos.
 
Es asombroso, en verdad, que una Iglesia que nació de esta manera terminase tan preocupada, en su historia posterior, por consolidar un modelo fuertemente jerárquico, imitando así a la inmensa mayoría de las instituciones humanas. Es este un hecho que habla más de nuestras resistencias al soplo del Espíritu que de nuestra dócil adhesión a su impulso. Parecería que, a veces, la Iglesia se ha esforzado más por reflejar algo parecido al texto ficticio que hemos imaginado que por vivir la realidad del texto auténtico.
 
La comunidad querida por el Espíritu, en definitiva, no es aquella en la que unos pocos se otorgan el derecho de hablar en nombre de Dios, y en la que a los demás les toca callar, escuchar y asentir. La Iglesia que nace en Pentecostés es la que celebra que el Espíritu de Dios se ha posado encima de cada uno de sus miembros, sin discriminar a nadie, inspirándolos a todos. Es la comunidad en la que «todos empezaron a hablar, cada uno en la lengua que el Espíritu les sugería». Es la Iglesia que celebra con alegría la audaz generosidad de Dios.

 

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TOMÁS: LA VALIENTE NECESIDAD DE LA EXPERIENCIA (I)

Cada año, al llegar el tiempo pascual nos encontramos en los pasajes bíblicos que se nos presentan con personajes que prácticamente pasan desapercibidos durante el resto del año litúrgico. Uno de ellos es Tomás.
 
Poco sabemos de este discípulo que en los Sinópticos únicamente aparece mencionado en las listas de los Doce, sin información adicional alguna. Es Juan quien nos proporciona datos valiosos: aparece en cuatro escenas -Jn 11,7-16; 14,1-31; 20,24-29; 21,1-14-, y en todas ellas se nos recuerda que se le llamaba “Dídimo” (Mellizo)[1]. Aparece pues como un discípulo sin nombre propio aparente: el vocablo “tomás” –que no parece ser un nombre de persona al uso ni en griego ni hebreo ni latín- sonaría en la lengua helena como “mellizo” en arameo. Sin duda debe encerrar algún significado, al que pensamos dedicar un próximo comentario; contentémonos hoy con empezar por aquello que ha pasado a nuestra memoria colectiva: este apóstol es considerado alguien sin fe, que duda (doubting Thomas, le llaman en inglés). ¿Es eso todo lo que podemos saber de él?
 
Veamos qué podemos sacar en claro acudiendo hoy únicamente al pasaje del II Domingo de Pascua (Jn 20,19-31). En primer lugar, Tomás no es tan distinto de los demás apóstoles que se hallaban reunidos, que sólo se han alegrado al “ver” las manos y el costado de Jesús (v. 20). ¿Qué es lo que objetivamente le diferencia? Dos cosas: que Tomás no está reunido con los demás, y que quiere tocar el cuerpo del Resucitado.
 
Del primer aspecto podemos inducir que se trataba de un personaje valiente y abierto: recordemos que en Jn 11,16 es Tomás quien ha movilizado al grupo para subir a Jerusalén “a morir con” Jesús (si bien, con la cortedad de miras de ver en ese sacrificio el final de todo). Y en el momento que nos ocupa, los otros diez están encerrados por miedo a los judíos. Están “encerrados” en sus miedos, y paralizados para la acción –no ofrecen precisamente un ideal a imitar. En cambio, el valeroso Tomás se halla fuera. Es más, en la segunda ocasión, cuando ya está reunido con los demás (v. 26), éstos siguen con la puerta cerrada, pero el evangelista omite que ello fuera “por miedo a los judíos”. Con Tomás el miedo desaparece del grupo.
 
Su falta de miedo se materializa asimismo en tratarse de un personaje que no se corta a la hora de expresar sus opiniones, aunque sean contrarias al sentir del grupo, ¡o del propio Jesús! Tomás tiene opiniones propias (equivocadas e imprudentes o no).
 
El profesor norteamericano Dennis Sylva –de quien hemos tomado alguna de las consideraciones previas-[2] nos lo presenta como un hombre-frontera u hombre-umbral, es decir, alguien que no se sitúa fuera de la comunidad, pero tampoco en su centro; vive justo en el margen (umbral, linde). Eso es lo que precisamente lo convierte en alguien más abierto con el exterior, que contribuye a que el grupo no caiga en tentaciones sectarias (recordemos la gran tentación del gnosticismo[3] en las primeras generaciones cristianas), para lo cual es necesario poner en práctica, sin duda, una crítica saludable, incluso del punto de vista del líder.
 
Es más, como última nota, el camino para reconocer la Resurrección pasa por tocar a Jesús (el segundo rasgo “tomasino” que hemos señalado hoy): Tomás necesita tener la experiencia del Resucitado, no le basta con el testimonio de los demás (Jesús, por cierto, no le desautoriza por ello, sólo señala otro posible camino mejor; v. 29). En esto Tomás se manifiesta como un personaje muy moderno: en el momento histórico que nos ha tocado vivir, ¿quién de nosotros no quiere pruebas científicas de todo? Tomás representa una determinada tendencia dentro de los discípulos, que, nos atrevemos a decir, nos representa a todos nosotros hoy, y nos da esperanza –especialmente a los necesitados de “pruebas”-, nos indica el camino para conocer a Jesús: la experiencia del Resucitado pasa por la experiencia de su humanidad, y de su humanidad sufriente, hace falta tocar las llagas (de importante significado también en los inicios del cristianismo ante el peligro del docetismo[4]). Se revela en ese momento la gran importancia que el evangelista concede a este discípulo: hecha la experiencia, Tomás es el único que proclama a Jesús “mi Señor y mi Dios” (v. 28).
 
Tomás nos muestra el camino para llegar a tener la experiencia del Resucitado: expresando con valentía las propias convicciones, desde una crítica saludable, al tiempo que necesitando el contacto físico con la humanidad sufriente. Ambas cosas -personalidad crítica y valiente, y contacto profundo con el sufrimiento de la humanidad, la injusticia del mundo- van de la mano, y son una buena receta de madurez cristiana… y humana.
 
Tomás no es, pues, un personaje “plano” (flat) en el evangelio de Juan, sino que tiene mucho relieve. Espero que estas breves pinceladas enciendan en el lector las ganas de hurgar más en este -a veces minusvalorado o poco comprendido- discípulo de Jesús. En próximas ocasiones esperamos poder analizar otras dimensiones del personaje, que sin duda las tiene.

 


[1] Las cuatro veces únicamente en el Códice Beza; en los demás manuscritos, en tres.
[2] SYLVA, Dennis, Thomas – Love as strong as death. Faith and commitment in the Fourth Gospel. Bloomsbury T&T Clark, Library of New Testament Studies 434, London/New York, 2013.
[3] Los gnósticos, en breve, y para lo que nos interesa aquí, debido a creerse poseedores de revelaciones especiales, acababan encerrándose en grupos que se creían superiores (tentación sectaria que no empieza con el cristianismo: siempre ha existido).
[4] Fundamentalmente, se trata de poner énfasis en la divinidad de Jesús, que, en realidad, sólo habría sufrido en la cruz “en apariencia” (podemos imaginar la deriva espiritualista que ello genera).

 

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VISITA DE LOS OBISPOS AUXILIARES DE MILWAUKEE A LA PARROQUIA HERMANA EN REPÚBLICA DOMINICANA

Hace algo más de un año el Arzobispo de Milwaukee, Mons. Jerome Listecki, visitó la República Dominicana para celebrar los 35 años de hermanamiento de la Arquidiócesis de Milwaukee con la Parroquia La Sagrada Familia de Sabana Yegua (Azua). Esta hermosa relación de fe y amistad de 35 años ha dado, indudablemente, muchos frutos, tanto en Milwaukee como en la República Dominicana.
 
A lo largo de estos 35 años las vocaciones han florecido: hoy podemos contar con tres sacerdotes ordenados, originarios de la parroquia La Sagrada Familia, que trabajan en la diócesis de San Juan de la Maguana; con tres seminaristas en formación, también en el seminario diocesano; y con cinco miembros de la Comunidad de San Pablo que son, también, originarios de la parroquia. Además de eso, cinco sacerdotes de la Comunidad de San Pablo vivieron una etapa formativa en la parroquia antes de entrar al seminario, y ahora esta experiencia misionera enriquece su servicio en Milwaukee.  
 
Para seguir consolidando este hermanamiento, durante el primer trimestre de 2018 visitaron Sabana Yegua los obispos auxiliares de Milwaukee James Schuerman y Jeffrey Haines, así como los vicarios generales David Reith, Jerry Herda y Javier Bustos. Todos ellos pudieron compartir celebraciones eucarísticas con la comunidad local y conocer varias áreas de la parroquia, donde fueron acogidos con mucho cariño. En especial el obispo Schuerman tuvo un encuentro emotivo con los feligreses, pues él trabajó en la parroquia, como sacerdote misionero, de 1992 a 1996, y pudo compartir con mucha gente recuerdos de aquella época. ¡35 años de fe y amistad compartida son una gran obra de Dios!

 

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INAUGURACIÓN Y BENDICIÓN DEL CENTRO DE DESARROLLO COMUNITARIO “CASA GARAVITO” EN BOGOTÁ, COLOMBIA

El domingo 15 de abril tuvo lugar la inauguración y bendición del nuevo Centro de Desarrollo Comunitario que la Comunidad de San Pablo ha establecido en el barrio El Pesebre de Bogotá (Colombia).
 
Dicho Centro de Desarrollo Comunitario ha sido bautizado como “Casa Garavito”, en recuerdo de Mons. Alfonso Garavito Rodríguez, sacerdote de Bogotá que desde mediados de los años 60 hasta su fallecimiento en 2006 ejerció su ministerio, con dedicación ejemplar, en el sur de Bogotá. Durante un tiempo, él mismo residió en la casa que, ahora, la CSP ha arrendado y arreglado para destinarla a fines pastorales.
 
En los locales del Centro ya funciona desde hace varias semanas el Taller de Capacitación en Corte y Confección establecido por la CSP, en el que actualmente se están formado 30 mujeres. Pronto trasladaremos allá también las clases que ofrecemos a un grupo de adultos mayores del barrio, además de tener allí una pequeña biblioteca, clases de refuerzo escolar y catequesis para niños y jóvenes.

Para la bendición de los locales contamos con la presencia del Vicario Episcopal Mons. Alberto Forero Castro, de la Vicaría San Pablo, en cuyo territorio está el barrio El Pesebre. Un buen número de vecinos y miembros de la comunidad local participaron en la sencilla celebración.
 
Es nuestro deseo que el nuevo Centro de Desarrollo Comunitario “Casa Garavito” contribuya al bienestar del sector de Bogotá donde se ubica, convirtiéndose en un lugar donde muchas personas puedan capacitarse para enfrentar, con las herramientas adecuadas, los muchos retos que la vida les plantea.
 

 

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