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NIÑOS DE CASA SAN JOSÉ EN COCHABAMBA: MENSAJE DE ÁNIMO ANTE LA PANDEMIA

Desde Bolivia, los niños de Casa San José en Cochabamba han producido un corto vídeo para mandar sus oraciones y sus ánimos a amigos de distintos países. El confinamiento en este centro para niños en situación de calle ya tiene un mes de duración. Los educadores se turnan cada 15 días y han adaptado las actividades de los niños a la nueva realidad, con otros horarios y dinámicas, y sobre todo, más juegos. Los niños no pueden recibir visitas de sus familiares y se ha optado por videoconferencias semanales para que así no pierdan el contacto tan anhelado con sus padres para una posterior reintegración. Sabemos que en medio de estas circunstancias tan especiales, la vuelta al hogar va a demorar bastante. También se suma la delicada situación económica de los padres, pues son familias que viven día a día y la cuarentena les está afectando ya que no ingresan lo necesario para su canasta familiar.

¡Esperamos sacarles una sonrisa con este mensaje tan amoroso!

http://www.youtube.com/watch?v=4fXetdYcH68

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LA DESCONFIANZA DESORIENTADA DE TOMÁS


 
En este segundo domingo de Pascua leemos la conocida historia de Tomás, el discípulo que no estaba presente en la aparición de Jesús y luego puso en duda el testimonio que le dieron los demás (Jn 20,19-31).
 
Seguramente, el principal problema de Tomás es el individualismo. En un momento de dificultad y de persecución, de angustia, cuando todos los amigos de Jesús están juntos, encerrados por miedo (imposible no pensar en nuestra situación actual de confinamiento), Tomás no está con ellos. Va a la suya. No sabemos en qué andaba: no importa. El hecho es que no acompañaba a los demás, ni buscando el apoyo del grupo ni confortando a los más temerosos. Y, cuando regresa, pone en duda el testimonio de la comunidad.
 
La verdad es que, de entrada, no hay nada de malo en que Tomás quiera cerciorarse de que no lo están engañando. Si somos sinceros, tal vez en vez de juzgarlo con dureza precipitada por desconfiado y por incrédulo, muchos empatizaremos con él: también nosotros queremos asegurarnos de que nos tomen el pelo. Y es que nos han engañado tantas veces, nos han dado tantas falsas esperanzas, nos quieren vender paraísos a bajo coste tan a menudo… que, en realidad, no parece fuera de lugar que, como Tomás, seamos precavidos ante las buenas noticias que nos dan.
 
Hasta cierto punto (y sea dicho con todos los respetos por el mundo de la publicidad), debemos reconocer que el consumismo desbocado de nuestro tiempo está fundamentado en algo así como un engaño permanente: nos quieren engatusar a diario con mil ofertas que, luego nos dejan decepcionados. Aquella lavadora no era tan potente como se nos dijo, ese jabón maravilloso no quita las manchas con tanta facilidad como se nos prometió, este plan de internet para la casa no funciona ni de lejos como nos aseguraron, este pantalón o estos zapatos no son tan resistentes como nos informaron en la tienda… en este sentido, que Tomás dude de lo que le dicen no es un disparate.
 
¿Cuál es su error? Que pone en duda la palabra de aquellos en quienes debería haber confiado. Llevado por su desconfianza, tal vez razonable, y fundamentada en experiencias pasadas, Tomás termina por desconfiar de todo el mundo, incluyendo aquellos que no lo estaban engañando. Tomás encarna una desconfianza desorientada.
 
Su historia, por lo tanto, nos invita a hacer un ejercicio de discernimiento, y a preguntarnos: ¿De quién debo fiarme? ¿De quién no? ¿Como descubrirlo? La vida nos demuestra demasiado bien que no podemos ir por ahí fiándonos indiscriminadamente de todo el mundo. Si lo hiciéramos seríamos unos ingenuos, y víctimas de mil y un timos. Pero si, por otro lado, terminamos sin fiarnos de nadie … ¡ay!, pobres de nosotros, también. Porque crecer, como personas y como cristianos, es aprender del testimonio de los demás, dejarnos iluminar por experiencias ajenas, que terminamos haciendo nuestras. De hecho, por mucho que nos guste dar un cierto aire de escepticismo a nuestra mirada, a lo largo del día nos fiamos mil veces (sin siquiera planteárnoslo) de lo que otros nos dicen: me fío de que el conductor del autobús en el que me subí se detendrá en mi parada, de que mi profesor no está inventando lo que enseña en clase, de que el hombre del tiempo que aparece en las noticias ha estudiado meteorología y sabe de lo que habla, de que mi esposo en verdad va a esa reunión de trabajo, o mi hijo a hacer tareas en casa de aquel amigo de su clase…
 
Pues bien, para nosotros, gente de fe, hay un sujeto, uno en especial, de cuyo testimonio no deberíamos dudar nunca (y es precisamente aquel del que dudó Tomás, y ese fue su error): la comunidad de los creyentes, reunida y llena del Espíritu Santo. La Iglesia. Ojo: no decimos los curas, los obispos, ni siquiera el papa, en tanto que individuos: sino la comunidad de fe, reunida, experimentando junta la presencia del Resucitado, compartiendo la esperanza, dialogando sobre lo vivido… esta comunidad, llena del Espíritu que Jesús le ha dado, no nos miente. Su testimonio es fidedigno. En este tiempo pascual se nos invita a que todos seamos parte de dicha comunidad, que con su vida y reflexión da un testimonio cierto, humilde pero firme, de la bondad en Dios.

 

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¿QUÉ VAMOS A HACER AHORA, SIN EL CUERPO Y CON UNA TUMBA VACÍA?

El título de este escrito es una pregunta que no solo María Magdalena, que fue a ungir el cuerpo de Jesús el domingo por la mañana, se hizo a sí misma (Jn 20,1-9), sino que también muchos tenemos en mente en este momento. Cuando en las parroquias en muchas diócesis de todo el mundo se suspendió la celebración pública de la misa, muchas personas se preguntaron qué haremos ahora si no podemos recibir la comunión. Y después de celebrar la misa con una iglesia vacía, algunos de mis amigos sacerdotes explicaron cómo fue, realmente, una experiencia indescriptible. La situación actual de la Iglesia en tiempos del COVID-19 está afectando a todos en nuestras parroquias. Sin misas abiertas al público, tanto los sacerdotes como los laicos están batallando por encontrar formas alternativas para continuar alimentando la fe. Sin duda, las medidas tomadas han afectado seriamente las necesidades espirituales de numerosas personas. Pero si durante la pandemia solo te preocupa cómo lidiar con la cuarentena sin la Eucaristía y con las iglesias vacías, considérate afortunado. La cuarentena está haciendo que muchas personas se pregunten no solo cómo satisfacer sus necesidades sacramentales, sino también qué van a hacer sin pan y con el estómago vacío. Familias enteras que dependían de su trabajo diario para sobrevivir ahora viven en gran necesidad porque no pueden salir a trabajar. Mi intención no es crear una dicotomía entre las necesidades sacramentales y físicas. Ambas son esenciales para las personas de fe. Pero la situación actual y las lecturas del domingo de Pascua me han hecho reflexionar sobre cómo la ausencia del cuerpo descrito en la narración de la resurrección puede tener un significado especial, particularmente para aquellos que ahora sufren hambre debido a la pandemia.
 
Cuando todo comenzó, vi muchas formas creativas en las que los sacerdotes y el personal de las parroquias se comunicaban con los feligreses. Las redes sociales y los servicios “streaming” se volvieron útiles para garantizar que los feligreses se sintieran conectados con las celebraciones y que se estaba cuidando su vida espiritual. También he visto muchos esfuerzos de grupos religiosos y no religiosos para asegurar que las personas no pasen hambre durante la pandemia. Algunos feligreses y sacerdotes que yo conozco personalmente se han organizado para entregar bolsas de comida para aquellos cuyos ingresos diarios se han visto afectados por la pandemia. Pero incluso después de COVID-19 habrá personas que se hacen esta pregunta todos los días: ¿qué voy a hacer sin pan y con el estómago vacío? Creo que esta situación presente ha demostrado que podemos estar listos para actuar y ayudar a proveer. La Iglesia ha demostrado que durante la pandemia puede encontrar nuevas formas de satisfacer tanto las necesidades espirituales como físicas de los desprovistos.
 
Después de la crucifixión, cuando ella vio que no había cuerpo sino una tumba vacía, María Magdalena corrió hacia Pedro y el otro discípulo pensando lo peor: el cuerpo se ha ido para siempre y nunca lo encontrarán. Una deducción razonable cuando se ha visto la muerte de aquel que tanto amaba y toda la esperanza se ha ido. Se nos invita, durante este tiempo, a mantener la esperanza y seguir creyendo que después de la pandemia recibiremos otra vez el Cuerpo de Cristo. La reacción de María Magdalena es la reacción de alguien que anhela ver a Jesús nuevamente; una reacción que muchos de nosotros también podemos tener ahora, en un momento de hambre espiritual. Mientras algunos de nosotros compartimos con ella nuestra hambre por el Señor, no olvidemos mientras lo esperamos con esperanza, satisfacer el hambre de aquellos que carecen de pan ahora debido a COVID-19. No olvidemos nunca que “las alegrías y las esperanzas, las penas y las ansiedades de las personas de esta edad, especialmente aquellos que son pobres o de alguna manera afligidos, son las alegrías y las esperanzas, las penas y ansiedades de los seguidores de Cristo" (GS1).

 

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VIERNES SANTO: LA IDENTIDAD DE JESÚS

La cuestión de la identidad de Jesús es clave en todos los Evangelios. La misma clave nos puede ayudar a interpretar la Semana Santa. En el evangelio que hubiésemos leído en la procesión del Domingo de Ramos, la gente de Jerusalén se pregunta, “¿quién es este?” (Mateo 21:11). La celebración del misterio pascual nos ayuda a discernir la identidad de Jesús, y nos genera una pregunta profunda: si este es Jesús, ¿quién voy a ser yo?
 
Jesús es el nuevo cordero pascual. Su crucifixión empieza a la misma hora en la que se encendían los fuegos para cocinar el cordero de la cena de la Pascua judía. En el día de hoy, Viernes Santo, leemos la versión de la Pasión según Juan. En Juan, las últimas palabras de Jesús en la cruz, “se ha acabado” son un eco de las palabras con las que termina el seder, la cena ritual judía. Cualquier judío reconocería la conexión, tanto en el primer siglo, cuando se escribieron, como hoy.
 
Entender la crucifixión desde el simbolismo de la cena de la pascua judía nos habla del significado más profundo de la Cruz. Una forma de entender el misterio pascual que se celebra en Semana Santa es la invitación a vivir la vida como la vivió Jesús, aprendiendo a dar la vida por la salvación de los demás. Es morir a nosotros mismos, que es como murió Jesús. Y ahí yace la promesa de la salvación que celebramos estos días: viviendo y muriendo como Jesús, resucitaremos también como Él a una nueva vida—tal y como Jesús le prometió a sus discípulos tantas veces.
 
En el Jueves Santo podemos reflexionar en cómo vivió Jesús: cómo vivió amando a los que Dios le habían confiado, y como los amó hasta el extremo; viendo en el lavado de los pies que Jesús nos invita a encontrar en el servicio al prójimo la clave de una vida con propósito y significado. En un año normal, hubiésemos terminado en adoración acompañando a Jesús en su agonía en Getsemaní, pronunciando la misma oración, nacida de su amor profundo por la vida.
 
El Viernes Santo constituye una invitación a morir como murió Jesús: morir a nosotros mismos, el nuevo sacrificio. Morir a la tendencia original que todos tenemos de situar nuestras necesidades por encima de las de las demás. 
 
¿Quién es éste? Es Jesús, que hoy, Viernes Santo, muere por amor a los que le eran suyos, que entiende que Dios le ha prestado. Es Jesús, que no sólo muere por los suyos en este mundo, sino que muere también por amor a la condición humana también—Jesús, Hijo del Hombre. ¿Quién es este? 
 
Es el Jesús, servidor sufriente de Isaías (primera lectura de hoy, Viernes Santo) que agoniza y le suplica al Padre que le aparte el cáliz que le toca beber—el Jesús cuyo corazón estaba roto mucho antes de que una lanza le traspasara el corazón—traicionado, negado y abandonado por los suyos, insultado y repudiado por los demás. El Jesús que muere perdonando a los propios y a los demás. Es Jesús el que muere prometiendo el paraíso al ladrón crucificado, que en medio del terrible sufrimiento, sigue enseñando y curando. Jesús es el que muere de la misma manera de la que vivió.
 
Si este es el Jesús del Viernes Santo—que sirve, cura y ama hasta el extremo—¿quiénes vamos a ser nosotros?

 

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JUEVES SANTO: EL SENTIDO DEL SERVICIO

 

La Semana Santa de 2020 es mi primera Semana Santa como párroco. Tuve experiencias maravillosas en la parroquia en el sur de Milwaukee donde serví como vicario parroquial durante tres años, pero me parecía algo especial celebrar la Semana Santa como “pastor” de una comunidad parroquial. Por un lado, estando en la República Dominicana, consideraba la posibilidad de montar un burro el Domingo de Ramos. Sin embargo, lo que más tenía en mente y en mi oración era el lavatorio de pies del Jueves Santo. Incluso me emocionaba cuando pensaba en ofrecer ese potente signo de liderazgo de servicio para las comunidades de La Sagrada Familia y también para los hombres del programa de catequesis que se están preparando para el bautismo en la cárcel local.
 
Pero no, no hubo burro el domingo y hoy no lavaré los pies. Lo primero, por supuesto, es un poco tonto. No obstante, en términos de un Jueves Santo sin lavar los pies, me he visto obligado a reflexionar sobre el significado más profundo y el "por qué" de este signo. Como tal, esta oportunidad única puede servir para captar una experiencia más profunda del significado de este signo particular de Jesús en el Evangelio de Juan, que repetimos todos los Jueves Santos, menos el de este año.
 
Para empezar, creo que todos estamos de acuerdo en que el servicio es importante no solo en términos del discipulado, sino también para llegar a ser una persona decente. En muchos círculos usamos el lenguaje de "devolver" lo recibido. Hacer unas horas de servicio es importante para ingresar a la universidad, para obtener becas, para trabajos e incluso como un medio de restitución en delitos menores. Los padres hablan de querer que sus hijos hagan algún tipo de servicio para "apreciar lo que tienen". Sin embargo, este Jueves Santo debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿A qué se refiere Jesús cuando les dice a sus discípulos después de lavarse los pies, “… os dejo un ejemplo para que, igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros"? (Jn 13, 15) ¿En qué se diferencia esto de un sentido más general de que el servicio es algo bueno?
 
Primero, Jesús quiere demostrar en el lavado de pies que un verdadero maestro siempre sirve. Está dispuesto a "rebajarse" para servir a los que le siguen. Esta idea es un reflejo del ministerio de Jesús en la Tierra en el Evangelio de Juan, como la Palabra o el Hijo que fue enviado para unir a los que "creen" en él en el amor del Padre (cf. Jn 15,9-10; 17,21). Por lo tanto, aquellos que creen en Jesús y realmente lo siguen están llamados a servir, como resultado y expresión del amor. El mandamiento que Jesús da poco después de lavarse los pies no es de servir por el servir, sino "igual que yo os he amado, también amaos unos a otros" (Jn 13,34).
 
El fundamento de este signo es el amor que se comparten el Padre y el Hijo, y que Jesús fue enviado para compartir con el mundo (cf. Jn 3,16). Según lo descrito por Jesús en el Evangelio de Juan, este es un amor fiel, leal y de servicio "hasta el extremo" (Jn 13,1). Tal sentido de fidelidad por amor refleja el amor del Padre hacia el mundo. "Porque así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su Hijo único… no envió Dios el Hijo al mundo para que dé sentencia contra el mundo, sino para que el mundo por él se salve" (Jn 3,16-17). Jesús, que está en el Padre, ama como el Padre, y su mandamiento es que aquellos que lo siguen ("los suyos") amen de esta manera (cf. Jn 15,9).[1]
 
Este sentido de fidelidad por amor se aclara en Juan 15, donde Jesús conecta la palabra permanecer (o “mantenerse”, del griego μένω) con amor. “Manteneos en ese amor mío. Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor” (Jn 15,9-10). Y la verdadera dedicación (mantenerse) en el amor que no tiene fin se demuestra en el darse completo de uno mismo sin límite. "Nadie tiene mayor amor por los amigos que quien entrega su vida por ellos " (Jn 15,13). Como veremos mañana, el Viernes Santo, Jesús cumple su propio mensaje y es fiel al Padre y a su promesa.[2]
 
Jesús deja en claro que los discípulos mostrarán que han aprendido de él y creerán en él al ser fieles a su mandamiento de "amarse unos a otros" (cf. Jn 14,15). Deben seguir el ejemplo de Jesús, no solo de servir humildemente como se demuestra en el lavado de pies, sino también como la Palabra que se hizo carne y vivió en el "mundo" (Jn 1,14) y amó hasta el extremo. Y al hacerlo, los discípulos se unen en la relación de Jesús con el Padre, quienes a su vez son fieles en su amor a los discípulos, enviando al Abogado a estar con ellos para siempre (Jn 15-17). De esta manera, los que creen y se sienten conmovidos a seguir a Jesús son "salvos" (cf. Jn 1,12-13; 20,31).
 
A veces es necesario ir hasta los cimientos para construir algo nuevo, o para reforzar lo que hay. Esta es una oportunidad que se nos ha brindado durante esta Semana Santa única, y puede dar mucho fruto si la aprovechamos. Si bien la mayoría de nosotros no podemos celebrar el hermoso signo del lavado de pies este Jueves Santo, la situación actual brinda la oportunidad de encontrar nuevas formas de aplicar el mensaje que contiene: el de un amor que es fiel hasta el final, hasta su plena realización, y basado en un servicio humilde y un darse completo de sí mismo, para que otros sean levantados. Es un servicio que permite a otros ver la importancia que tienen para Dios, y sentirse tan conmovidos por ello que respondan a ese amor.
 
Entonces, la pregunta para nosotros es: ¿Cómo puedo servir del modo en que Jesús enseñó? No pretendo tener una respuesta, sin embargo, me gustaría proponer alguna orientación. Me parece que lo más importante en el servicio cristiano, fundado en el amor de auto-entrega, es su autenticidad. Por supuesto, podemos usar las diferentes ciencias sociales y modelos para ser eficientes y efectivos. Sin embargo, si estamos calculando hasta el punto de ser fríos, lo que podemos hacer es seguir sirviendo, pero ya no es el servicio cristiano. El servicio cristiano se basa en las relaciones, y no tanto en el tamaño de la obra o en el número de personas a las que se llega.
 
En este día santo especial, en esta Semana Santa única, sin burro y sin lavado de pies, reflexionemos sobre las pequeñas formas en que podemos vivir el mensaje central del Triduo Pascual. La entrega auténtica de uno mismo es cómo nos unimos en el amor de Jesús, y al hacerlo, estamos unidos en el amor del Padre. Me parece que la importancia de las relaciones personales es algo que estamos llegando a apreciar cada vez más en estos días; cuánto más cuando lo hagamos a la luz del cirio Pascual.
 
 

[1] Igual que el Padre me demostró su amor, os he demostrado yo el mío.  Manteneos en ese amor mío. (Jn 15, 9)
[2] De hecho, hay una conexión más profunda entre la narración de Jesús, "amando hasta el fin" (Jn 13, 1), con sus últimas palabras en la cruz de lo que reflejan las traducciones al español. Antes de perecer, Jesús dice en muchas traducciones algo por estilo de "está terminado". La raíz de "fin" en 13, 1 y "queda terminado" en 19,30 es la misma, τἐλος (de donde viene el prefijo "tele" en telescopio o teléfono). Simplemente lo señalo aquí porque Juan deja muy claro lo que significa este amar hasta el final, hasta el extremo.
 

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SOBRE EL DOMINGO DE RAMOS, LAS MULTITUDES, LA IGNORANCIA CULPABLE Y (POR SUPUESTO) EL CORONAVIRUS

Uno de los grandes protagonistas de la fiesta del Domingo de Ramos es la multitud, las multitudes. No sabemos si eran dos multitudes distintas, unas que gritaban Hosana, y otra que gritaba Crucifícalo; el caso es que las multitudes son, por un lado, manipulables, como comprobamos en los casos de regímenes populistas que les dan pan y circo, acallando su voz crítica, sometiendo su voluntad. Y, por otro lado, las multitudes tienen una gran influencia en el desarrollo de una sociedad, como en el caso de las revoluciones populares.

Hoy, cualquier referencia a las multitudes tiene que ver obligadamente con la pandemia del coronavirus. En este caso, lo que haga la “multitud” puede determinar el desarrollo (o no), de una enfermedad mortal. Y es importante darse cuenta de que las acciones de la multitud dependen de cada uno de nosotros como individuos. Para ello es indispensable que cada uno de nosotros actuemos con responsabilidad.  

Uno de los grandes manipuladores de multitudes es la desinformación. Vivimos en la época en la que es fácil sentirse abrumados y deprimidos por la cantidad de información que nos llega, hasta el punto de que uno no puede distinguir ya qué noticias son fiables, y cuáles no. 

Recibimos información sobre remedios caseros para la cura del virus, o sobre la fiebre del papel higiénico, o sobre explicaciones de tipo político o argumentos religiosos sobre el fin del mundo. Todo se mezcla en este enjambre de información. Podemos culpar, seguramente con razón, a los intereses particulares de los medios de comunicación, pero eso no significa que estemos exentos de nuestra responsabilidad de estar bien informados. Tradicionalmente se distingue entre la ignorancia inevitable que emana de nuestras propias limitaciones personales, y la ignorancia culpable, aquella por la cual nos conviene no saber y dejarnos llevar por la multitud. En estos días tendríamos que luchar contra ésta última de la misma manera que tan tenazmente estamos luchando contra el coronavirus.

 

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LA PANDEPENDENCIA

Es bonito ver como a las 8:00 de la tarde en varios rincones del mundo la gente sale al balcón o a la puerta de sus casas para aplaudir a las personas que en estos días están al pie del cañón para que la vida pueda ser, si no normal, como mínimo llevadera.

El personal sanitario, personal de limpieza, reponedores de supermercado, vendedores, conductores, cargadores, carteros… El coronavirus ha puesto en primer plano a muchos de los trabajos y trabajadores/as que normalmente damos por asumidos pero que hoy son considerados curiosamente los trabajos indispensables.

Esta pandemia, en toda su brutalidad y dolor, ha puesto de manifiesto el grado de interdependencia de nuestra sociedad. La sociedad es orgánica, es un organismo en el que todas las partes son igualmente necesarias. De nada me valen todos los ejecutivos ni los banqueros, ni accionistas del mundo, sino tengo una persona que se encargue de llevar la comida al super, o alguien limpiando los baños de las oficinas de Wall Street.

De la misma forma que la epidemia es total (pan-demia), ojalá podamos reconocer que la sociedad no está basada en ideas como “la ley del más fuerte”, o el “sálvese quien pueda”, ni el mito de la persona hecha a sí misma. Vivimos en una pan-dependencia (la interdependencia total). Reconocer y aceptar esto nos va a ayudar a construir una sociedad que sea cada vez más igualitaria.

 

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LOS ROSTROS DE JESÚS Y LA PANDEMIA

Hoy, quinto domingo de Cuaresma, leeremos el conocido relato de la resurrección de Lázaro. Es un pasaje en el que ocurre algo curioso: en él aparecen dos rostros, dos dimensiones, de Jesús. Me parece que ambos nos pueden ayudar a vivir con fe y esperanza la situación presente de pandemia.
 
Por un lado, vemos al Jesús que confía plenamente en su Padre, que no se inmuta, que no se derrumba ante la adversidad, ante la pérdida del amigo querido: es el Jesús que dice a sus discípulos: «Esta enfermedad servirá para la Gloria de Dios», y el que más tarde dice a Marta: «Si crees, verás la Gloria de Dios». Este Jesús nos asegura que las situaciones de máximo dolor, de muerte, pueden ser también ocasiones para que en ellas se manifieste la ternura de Dios.
 
Por otro lado, vemos a Jesús conmovido, llorando por la muerte del amigo, una imagen a la que no estamos nada acostumbrados. Una imagen más impactante aún, si cabe, por hallarse en el evangelio de Juan, el que suele presentarnos un Jesús más impasible, más en control de todo, más divino (y, a veces, menos humano) que el que nos retratan los evangelios sinópticos.
 
El primer rostro de Jesús es hoy muy necesario, tal vez más necesario que nunca: nos asegura que toda situación dolorosa, también la actual pandemia, es ocasión para que se manifieste la ternura de Dios. Es una dimensión de Jesús que nos invita a preguntarnos: ¿y cómo puedo yo ayudar a que esta crisis global que estamos viviendo sea también ocasión para que se manifieste la ternura de Dios? Lo sabemos: practicando un “extra” de solidaridad, mostrando nuestra cercanía a los que peor lo están pasando, con llamadas, con mensajes, orando por ellos y por los que los cuidan, colaborando desde casa en todo lo que se pueda (tejiendo mascarillas, donando para que no falte material sanitario, ni alimento, a los sectores y países más vulnerables).
 
¿Y el segundo “rostro” de Jesús? Este Jesús que llora, humanísimo, por la muerte del amigo, es una imagen que hoy nos puede resultar -paradójicamente- consoladora: nos muestra que tenemos un Dios que comparte con nosotros el dolor, que no nos da la espalda, que entiende lo que es llorar por la pérdida de un ser querido, que ha experimentado exactamente lo mismo que hoy están experimentando miles de personas en todo el mundo. Es, por supuesto, una invitación a unirnos -ni que sea en la oración- con todos aquellos que sufren, como Marta y María, la pérdida de personas amadas.
 
Esta también es, por supuesto, la historia de una muerte y una resurrección. Me parece que ahí hay otro mensaje para nosotros, en la situación actual. Más allá de la muerte física de personas por causa del Covid19, que es, claro está, el mayor drama de esta crisis, en estas semanas muchas personas están experimentando otro tipo de “muertes”: han muerto nuestras rutinas, nuestras costumbres, nuestros hábitos, nuestros ritmos normales. Todo ha sido radicalmente cambiado por la pandemia. ¿Cómo queremos resucitar? Incluso ahora, cuando en muchos países todavía no se vislumbra el fin de la crisis, cuando en muchos otros está apenas empezando, es bueno que ya comencemos a pensar en cómo queremos salir de ella. ¿Cómo queremos “salir del sepulcro” en el que ahora, por decirlo así, estamos enterrados? Qué cosas queremos que se queden allí, y cómo queremos -sí- que la pandemia nos haga mejores.
 
¿Tal vez deberíamos pensar en “resucitar”, al final de esta crisis, más pendientes de las personas y menos de las cosas? ¿O más centrados en Dios y en los demás, menos en nosotros mismos? ¿O más preocupados por lo esencial de la vida (la amistad, la salud, el cariño), y menos preocupados por infinidad de asuntos que ahora, de pronto, hemos visto que no eran tan fundamentales ni importantes cómo creíamos hace apenas unas semanas?

 

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TIEMPO DE CRISIS, TIEMPO DE SOLIDARIDAD

Estamos en tiempos de crisis. Tiempos difíciles para todos. Pero quizas precisamente por eso se nos presenta una oportunidad única para practicar el valor que hace de los seres humanos una especie única: la solidaridad.
 
Hay veces en que no sabemos muy bien como ser solidarios, no es tan fácil en sociedades tan estructuradas y legalistas como las nuestras. Pero en estos momentos ser solidario es bien simple.
En estos momentos, además, ser solidarios es lo que más nos conviene. Sugiero pues tres sencillas formas de mostrarnos solidarios:
 
Actuemos como si fuéramos nosotros los enfermos: No tratemos a los demás como si fueran una amenaza que nos pueden infectar. Asumamos que somos nosotros (cada uno de nosotros) los que estamos infectados (podemos estarlo, pero sin síntomas), y tenemos que prevenir infectar a los demás.  Quedarnos en casa sin salir, aunque nos sintamos bien, es hoy, un gran acto de solidaridad.
 
No acumulemos ilógicamente: El pánico no nos va a ayudar. Acumular sin medida siempre va a ser en perjuicio de alguna otra persona. Cuando los productos básicos se terminan, los más necesitados siempre serán los más afectados. Además, acumular cosas no es necesariamente lo mejor para nosotros. No deja de ser irónico que la gente quiera acumular mascarillas y productos desinfectantes para salvarse a ellos mismos, cuando en realidad lo que más nos convendría, casi por puro egoísmo, es que los demás puedan estar desinfectados y no nos contagien a nosotros.
 
Usemos el teléfono: En este tiempo de distanciamiento social, que sea nuestra misión solidaria estar bien pendientes de aquellos que son mas vulnerables. Vigilemos a nuestros abuelos y abuelas, nuestros padres, nuestros vecinos que viven solos, la gente que está enferma. Llamémoslos, enviémosles mensajes de ánimo, o chistes (el buen humor es una buena medicina). Preguntémosles si necesitan algo, que sepan que pensamos en ellos, y que rezamos por ellos.
 
Aceptemos estos momentos difíciles como una oportunidad de mostrar nuestra cara más solidaria.

 

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EL CORONAVIRUS, DESDE LA FE

La pandemia del Covid-19 ya es el principal motivo de preocupación del mundo entero. En el momento de escribir estas líneas se ha extendido ya por 162 países, en muchos de los cuales la cadena de contagios apenas está empezando. Es difícil aventurar, por lo tanto, cuándo remitirá y perderá fuerza, pero todo parece indicar que va a ser un proceso largo, de meses. Hoy no podemos calibrar, todavía, la dimensión de las secuelas que dejará, que serán de orden económico, social y político, aparte, por supuesto, de las secuelas emocionales que imprimirá en todos nosotros y en especial en aquellos que ya han perdido o perderán personas queridas.
 
Lo que sí es importante empezar a hacer, incluso ahora, cuando todavía hay tantos interrogantes en el aire, es tratar de leer esta situación desde la fe, en clave cristiana. La fe debería iluminar todo tipo de circunstancia, las más alegres y las más tristes, las de siempre y las inesperadas, las que nos confortan y las que nos angustian.
 
Y, en clave de fe, podemos, seguramente, apuntar por lo menos a dos lecturas de la crisis actual (habría, sin duda, muchas más, que ya habrá tiempo de ir desmenuzando).
 
Primera: la pandemia nos recuerda, con toda crudeza, que la condición humana es frágil, esté donde esté, hable el idioma que hable y tenga el color de piel que tenga. Eso no es banal. En una época marcada por la polarización entre extremos ideológicos, por el resurgir de un cierto espíritu tribal en el mundo, por propuestas políticas que nos invitan a levantar muros y resucitar el fantasma de la xenofobia, la pandemia actual nos llama a vernos, a todos, como la gran familia que somos: unidos, podríamos decir, en la fragilidad. El coronavirus no ve razas, ni estratos sociales, ni posiciones ideológicas: solo ve personas. Tal vez una consecuencia positiva de todo lo que estamos viviendo podría ser que aprendiéramos a relativizar nuestras pequeñas guerras ideológicas para recuperar un sentido más realista de quien somos, como gran colectivo humano, como la gran familia de las hijas e hijos de Dios.
 
Este pasado fin de semana, celebrando el tercer domingo de Cuaresma, leíamos la historia del encuentro entre Jesús y la mujer samaritana. Es el relato del encuentro entre dos necesitados, pues ambos tienen sed: Jesús, sed de agua; ella, de agua y de un sentido para su vida; y al compartir sin reparos su condición frágil, necesitada, Jesús y la samaritana son capaces de pasar por encima de las divisiones que la cultura y los conflictos políticos y religiosos de su tiempo habían creado para ellos, y terminan ignorándolas. No importa que él sea un judío y ella una samaritana. Lo esencial es que son dos personas necesitadas que pueden hacerse un bien mutuo. En este sentido, una pandemia que no respeta fronteras ni sabe de banderas puede servirnos a todos de sana advertencia: lo que tenemos es hermoso y muy frágil. No lo malogremos inventándonos divisiones artificiales entre nosotros.
 
La segunda lectura es que el coronavirus nos empuja a ser solidarios con los más vulnerables, los ancianos y los enfermos, al estilo de Jesús. Hay, indudablemente, una suerte de dimensión moral en esta pandemia: si soy un joven sano de veinte años, el Covid-19 no me amenaza mucho más que una gripe ordinaria. ¿Significa eso que puedo prescindir de toda prudencia y seguir con mi vida normal? No: porque si me contagio, yo podré a continuación contagiar a alguien (un adulto mayor o un enfermo), para quien el contagio sí será letal.
 
Con la respuesta decidida que la gran mayoría de países están dando, afortunadamente, a la crisis presente, estamos diciendo algo importantísimo: que no aceptamos la famosa cultura del descarte que tanto ha denunciado el papa Francisco. El hecho que las más afectadas sean personas “no productivas”, ancianos y enfermos, no ha llevado a nadie a minimizar el problema. He ahí un motivo para el orgullo y la esperanza: tal vez la fibra moral de la humanidad no estaba tan minada como podíamos haber pensado. Nos preocupan nuestros ancianos y nuestros enfermos, y por esto estamos, todos, tomando medidas inéditas en medio de esta situación sin precedentes.
 
Tal vez saldremos de esta tormenta un poco mejores: un poco más fraternos y un poco más solidarios. Desde la fe, eso sería, sin duda, una buena noticia.

 

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