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17º ANIVERSARIO DE CASA SAN JOSÉ EN COCHABAMBA

 
El pasado 1 de mayo, el equipo y todos los niños y adolescentes de Casa San José festejamos el aniversario número 17 de nuestra casa. Estamos muy orgullosos de estos diecisiete años que llevamos sirviendo a la población más vulnerable, buscando todos los días que los niños y adolescentes acogidos en nuestra casa recuperen el derecho a vivir en familia.
 
En todos estos años hemos contactado con más de 5.500 niños en las calles de Cochabamba y hemos atendido en la casa a más de 2.200 muchachos. De todos estos más de 1.100 regresaron a sus hogares y un número importante fueron transferidos a otras instituciones. El Gobierno de Bolivia, en este año 2021, nos ha entregado un reconocimiento que reza así: “Por su destacada labor en favor y velando por el desarrollo integral de niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad, brindando apoyo, cobijo, alimento, atención y sobre todo respeto a los derechos y dignidad de las personas, por su vocación de servicio y aporte al desarrollo humano en el departamento de Cochabamba, Bolivia, con un valor invaluable.” Este reconocimiento nos honra, pero mucho más el recuerdo de cada uno de los niños, hijos queridos de Dios a quienes hemos conocido. Nos llena de alegría y orgullo haber compartido y haber aportado un cambio a muchas de sus vidas, ayudando a que hayan retornado a sus familias o se hayan incorporado a otras instituciones educativas. ¡El trabajo con todos ellos ha valido la pena, y seguimos adelante!

 

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PENTECOSTÉS Y LA SABIDURÍA DE LAS METÁFORAS

 
Que la metáfora de la venida del Espíritu Santo sea un ruido y viento por toda la casa y luego unas lenguas de fuego descendiendo sobre cada uno de los reunidos resuelve una peligrosa dicotomía, a saber, si el Espíritu Santo es una realidad comunitaria y global o si acaso es una experiencia personal y en cierto modo intransferible.

Qué duda cabe que la experiencia del Espíritu Santo es un llamado a la motivación interior, a la búsqueda incansable de entusiasmo y a estar siempre con una mentalidad en salida, a encontrarnos con aquellos que son distintos, que hablan diferentes “lenguas” que la nuestra. En este sentido hay que remarcar que las lenguas de fuego se posaron en cada uno de los presentes en la sala. El Espíritu Santo tiene que tocarnos el corazón.

Pero declararse de forma individual como poseedor del Espíritu, en contraposición a todos aquellos que no lo tienen, no deja de ser un reclamo peligroso que lleva fácilmente a la intolerancia y la arrogancia. El requisito indispensable para la llegada del Espíritu es estar reunidos. Es en toda la casa que el Espíritu aparece, y solo luego desciende a cada uno de los discípulos.

El Espíritu Santo es una experiencia colectiva de toda la iglesia, e incluso fuera de ella. Pentecostés es una fiesta comunal. Un compromiso personal, sí, pero que nos lleva a ser una Iglesia abierta. Abierta a los que no son como nosotros. El Espíritu transforma la iglesia para que se haga entender, y no pretende que los demás hagan el esfuerzo para adaptarse a su lenguaje, sino que es ella la que habla en las lenguas del mundo.

El Espíritu Santo irrumpe en la Ilesia, y la llena toda, y nos inspira a cada uno de nosotros para hacernos cercanos a los demás, para hacernos prójimos y así podamos ser testimonios del amor de Jesús.

 

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LOS POBRES SE EMPOBRECEN EN BOGOTÁ

 
Actualmente vivo y trabajo con el P. Martí Colom (compañero de la CSP) en la Parroquia La Resurrección de Bogotá, Colombia. La parroquia atiende tres barrios de clase trabajadora, en el sur de la ciudad. De los seis estratos socioeconómicos en los que se divide Bogotá, nuestra área es el Estado 2, "Bajo".
 
Cuando llegué a la parroquia en octubre del año pasado, Martí me dijo que muchos de los feligreses habían sufrido muchísimo, económicamente hablando, por la pandemia y que era duro ver venir a tantas personas a pedir comida, que antes jamás lo habían hecho.
 
La observación de Martí fue confirmada recientemente por datos publicados por el gobierno colombiano. El Departamento Administrativo Nacional de Estadística (“DANE”) publicó un informe llamativo y preocupante sobre el crecimiento de la pobreza en el país durante 2020.[1] Se centra en lo que denomina “Pobreza Monetaria”, basándose en los ingresos de un hogar. Aunque esto solo representa una métrica, los datos del informe sirven para mostrar cómo la situación de la pobreza en Bogotá empeoró mucho durante el primer año de la pandemia de la COVID-19, especialmente con respecto a aquellos que pasaron de ser “pobres” a “extremadamente pobres”.
 
La medida básica que establece las líneas de pobreza y pobreza extrema se calcula con valores monetarios utilizando el ingreso del hogar, per cápita y el costo de una “canasta básica de alimentos”.[2] La definición de la línea de pobreza extrema se centra en la estimación del costo de mantener del consumo diario de 2.100 calorías por persona. Y el valor establecido para la línea de pobreza incluye la estimación de algunas otras necesidades y servicios básicos. Ambos valores están ajustados por el costo de vida en las diferentes áreas del país.
 
Para el país en su totalidad, el informe del DANE calculó la línea de pobreza en alrededor de $ 90 USD, por persona, por mes.[3]  Es importante recordar que esto es per cápita, lo que significa que es la suma del ingreso total de un hogar, dividido por el número de personas que viven en él. Por ejemplo, en un hogar de cinco, donde ambos adultos trabajan y cada uno gana $200 por mes, por un total de $400, el ingreso per cápita del hogar es de $80 y, por lo tanto, ese hogar cae por debajo de la línea de pobreza. Debido al mayor costo de vida en la ciudad capital, la línea de pobreza se fijó en Bogotá en $123 USD por persona, que es un poco más de $492 USD para una familia de cuatro, por mes.[4]    
 
El informe define la pobreza extrema para los que viven en Bogotá como los que viven por mes con $48 USD por persona, o $192 USD para una familia de cuatro.[5] Para tener contexto, el salario mínimo legal establecido por el gobierno en 2020 fue de $ 237 por mes.[6] Eso significa que, en un hogar de dos personas, en Bogotá, si una de ellas trabaja y gana un salario mínimo, esa familia ya está por debajo de la línea de pobreza. Y en el caso de un hogar de cinco, con una persona que gana el salario mínimo, se les considera extremadamente pobres.
 
Habiendo visto cómo las líneas de pobreza son definidas por el DANE, veamos ahora cuántas personas fueron identificadas como pobres o extremadamente pobres por el gobierno en 2020, en comparación con 2019.
 
Comparando 2020 con 2019, según el DANE, hubo un aumento de 6.8% más de la población por debajo de la línea de pobreza (desde 35.7% hasta 42.5%). En cuanto a la pobreza extrema, un 5,5% más de la población se encontraba por debajo de la línea establecida (del 9,6% al 15,1%). Eso significa que, a nivel nacional, comparando 2020 con 2019, hubo 3.5 millones más de personas que cayeron por debajo de la línea de pobreza y 2.8 millones más que ingresaron en la pobreza extrema. Según estos números, en 2020 se consideraba más de 21 millones de personas en Colombia como pobres, y de estos, más de 7,5 millones eran extremadamente pobres, que significa que tienen apenas para comer.
 
Del aumento en el número de pobres del país en 2020, casi un tercio fue en Bogotá (31,3%). Según el DANE había 2.246.851 personas viviendo por debajo de la línea de pobreza en Bogotá en 2019, y en 2020 hubo un aumento de 1.110.734 más. ¡Eso representa un aumento del 49,4% en solo un año! El crecimiento de la población en la ciudad no puede explicar un aumento tan grande.
 
Los datos son más dramáticos cuando miramos a la población que cae por debajo de la línea de pobreza extrema. Según el DANE, en 2019 había 344,591 personas en Bogotá viviendo en extrema pobreza. En 2020, hubo 1.108.836. ¡Es decir, un aumento de 764,245 personas más, o 222%! Utilizando la población estimada en 2020 de la ciudad de 10,978,000, esto significa que más del 10% de las personas que viven en Bogotá se definen como extremadamente pobres.[7]
 
Gran parte del aumento de los identificados como extremadamente pobres son seguramente (pero no necesariamente) aquellos que han pasado de pobres a extremadamente pobres. El informe del DANE identifica evidencia anecdótica de muchos hogares que pasaron de tener ingresos limitados a ningún ingreso en su totalidad. Esto es representativo de muchas de las familias de la Parroquia La Resurrección. Antes eran "pobres", pero ahora están luchando por tener suficiente para comer.
 
De hecho, si comparamos el aumento de los considerados extremadamente pobres en Bogotá con el total del país, vemos que los bogotanos se han visto particularmente afectados por la pandemia. Bogotá representa el 27,5% del aumento de los considerados extremadamente pobres en el país. Pero lo que es particularmente revelador es ver cómo el aumento en Bogotá se compara con el aumento en el país. A nivel nacional, el número total de personas consideradas extremadamente pobres aumentó en un 59,3%, un dato que es en sí sobrecogedor y doloroso. Sin embargo, cuando se compara con el aumento del 222% de los considerados extremadamente pobres en Bogotá, muestra que las familias de menores ingresos de la ciudad capital se han visto especialmente afectadas por las consecuencias económicas de la pandemia.
 
Este aumento de la pobreza ha provocado un aumento de la desigualdad dentro de Colombia. Una de las medidas de desigualdad dentro de una población también considera los ingresos. El estándar internacional utilizado para esto es un índice denominado el coeficiente de Gini. Un coeficiente de Gini del 0% representa la igualdad perfecta de ingresos, hipotética, dentro de una población. Todo lo que esté por encima de 0% representa qué tan lejos está una población de esta igualdad de ingresos. El DANE informa que el coeficiente de Gini para Colombia fue del 54,4% en 2020, un salto significativo de solo un año desde el 52,6% en 2019.[8] Esto posiblemente sitúe Colombia en el nivel más alto de América Latina de la desigualdad de ingreso, y sin duda es uno de los más altos del mundo.[9]  Para darnos un poco de contexto, podemos compararlo con las estimaciones del Banco Mundial para EE. UU. En 2018 con un coeficiente del 41,4%, República Dominicana en 2019 con un coeficiente del 41,9% o España con un 34,7% en 2018.
 
En resumen, los datos oficiales del gobierno colombiano confirman lo que hemos visto y escuchado de nuestros feligreses con respecto a sus estrecheces económicas como resultado de la pandemia. También sirve para entender la situación actual del país, que ahora lleva más de dos semanas con protestas, en las que se exige al gobierno una gama de reformas fundamentales. Algunos de los números el reporte del DANE son hombres, mujeres y niños que conocemos por su nombre aquí en La Resurrección. Son familias que acuden a nuestra puerta a pedir comida, y que ofrecen intenciones en nuestras misas por un empleo digno. A través de la parroquia y los programas de CSP, hacemos lo que podemos para ayudarles y brindarles esperanza en estos tiempos difíciles. Y nos unimos a nuestros feligreses en sus oraciones por el empleo y más oportunidades que les permitan romper los ciclos de la pobreza. Colombia tiene por delante un largo camino para lograr la recuperación de su economía. Que sea, también, el camino hacia un futuro más justo y pacífico.

 

[1] DANE. 29 abril de 2021. Pobreza Monetaria en Colombia: Resultados 2020.  https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/condiciones_vida/pobreza/2020/Presentacion-pobreza-monetaria_2020.pdf. https://www.dane.gov.co/files/investigaciones/condiciones_vida/pobreza/2020/Comunicado-pobreza-monetaria_2020.pdf. Last accessed 11 May 2021.
[2] El concepto de “canasta básica” de alimentos para sostener a una familia es una media común para calcular la línea de pobreza. El DANE utiliza la definición de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de la ONU.
[3] $331,688 pesos Colombianos (COP) per capita. Para nuestro propósito acá, utilizo un promedio del cambio del 2020 de 3,700 COP a 1 USD.
[4] $455,030 COP, por persona, por mes.
[5] $178,607 COP, por persona.
[6]$877,803 COP. No incluyo acá la cantidad extra para el transporte, porque hasta si aplicara en un supuesto caso, se supone que sería gastado en el trasporte del empleado, y no contar como entrada en el hogar. Del Decreto No. 2360 del 2019.
[7] Hay hasta un 20% de la ciudad que se considera “pobre”, con un total de casi 31% de su población que se encuentra debajo de la línea de pobreza.  
[8] Según el Banco Mundial, en términos del coeficiente de Gini, Colombia llegó a su punto más desigual con un 58.7% in 2000 y menos desigual en 2017 con un 49.7%.  El Banco Mundial calculó Colombia con un 51.3% en el 2019, lo cual significaría un salto aún más drástico en el 2020. 
[9] Utilizo los datos más reciente del Banco Mundial, que 
todavía no muestra en el efecto de la pandemia. https://data.worldbank.org/indicator/SI.POV.GINI.

 

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LA IMPOSIBLE PRIVATIZACIÓN DEL EVANGELIO

 

El evangelio podría compararse con una partitura musical. ¿Qué es, una partitura? Una hoja de papel escrita para convertirse en música. Un pentagrama lleno de notas que nadie interpretase nunca, y que jamás, ni una sola vez, se convirtiese en melodía, sería un contrasentido, un absurdo. Asimismo, los evangelios se escribieron para ser vividos. Estamos frente a unos textos que quieren ser vida, y sería un contrasentido y un absurdo que solo nos los mirásemos desde la distancia, que tal vez los estudiásemos, los diseccionáramos con pericia (cosa necesaria, por otro lado), pero no los intentásemos llevar a la práctica. Pues bien, lo que aquí quisiéramos subrayar es que, si cualquier partitura existe para convertirse en música, los evangelios existen para convertirse en vida comunitaria y en acción transformadora de la sociedad. En efecto, este «llevar el evangelio a la práctica» del que hablábamos pasa necesariamente por una experiencia de comunidad, de personas que, ya sea como familia de sangre, o como familia de fe, o como grupo de amigos, o como equipo parroquial, o como instituto de vida consagrada, juntas, tratan de encarnar, en su tiempo y en sus circunstancias, lo que van aprendiendo en los evangelios. Y, juntas, entonces, tratan de mejorar el mundo en el que viven, haciéndolo más vivible para todos.
 
Se trata de una puntualización importante, porque hoy, en muchos contextos culturales, va ganando peso la idea de que la fe debería ser algo privado, que afectase únicamente el ámbito de la consciencia individual de las personas. En este sentido, leía hace poco un artículo algo desafortunado de un periodista (con quien por otro lado suelo estar de acuerdo), en el que el autor afirmaba, precisamente, que «nadie debería reírse de ninguna religión, primero porque, con tal de que se limite a la esfera personal ¿qué problema hay?». Este es el asunto, el quid de la cuestión. Que, si el evangelio de Jesús se limita a la esfera personal, si no se traduce en vida fraterna y en acción de transformación social, si se privatiza, deja de sonar. Si privatizo el evangelio, lo enmudezco.
 
La fe arraiga y crece en nuestras conciencias y en nuestros corazones, eso es cierto. Sin embargo, no se queda allí. El mensaje de Jesús implica necesariamente que quienes se adhieren a él lo quieran encarnar, lo hagan vida comunitaria y compromiso con la justicia, compromiso de transformación del entorno. Privatizar la fe cristiana siempre será un contrasentido, porque la fe cristiana es, por definición, comunitaria y social.
 
¿Y por qué a tanta gente, hoy, le resulta deseable que la fe sea un asunto privado, limitado a la esfera personal? Podríamos sospechar, sin querer ser malpensados, que un evangelio privatizado interesa, sobre todo, a los que no quieren que nada cambie, a los que ya están a gusto con el mundo tal y como es, a los que las desigualdades e injusticias no les afectan, o les convienen. A los privilegiados, a las élites. A todos ellos les asusta, y con razón, un evangelio convertido en vida, convertido en testimonio de fraternidad, convertido en construcción diaria del reino, convertido en denuncia de los atropellos de unos pocos contra el resto. Privatizar la fe es privarla de su potencial transformador y liberador. Es, en una palabra, matarla. Si no queremos que el evangelio quede reducido a letra muerta, tendremos que interpretar, una y otra vez, la música suave y cautivadora que palpita en sus páginas. Para eso se escribieron.

 

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“KITS” DE MUJER EN ETIOPÍA

 
Todos sabemos que vivimos en un mundo definido por el modelo económico capitalista, donde casi toda nuestra actividad se centra en el trabajo, en la forma de obtener dinero para poder vivir. La capacidad adquisitiva marca nuestro estilo de vida, nuestras costumbres y hábitos, nuestras relaciones y hasta el desarrollo de nuestras capacidades. Y en este mundo, organizado así, las mujeres tenemos un reto añadido.

Nosotras sabemos qué nos pasa cuando tenemos la menstruación: cansancio, dolor, malhumor, susceptibilidad y, lo que es peor, el sangrado. A pesar de ello, con una pastilla para el dolor, quizá otra para controlar el estado de ánimo, y una buena compresa, tampón u otro dispositivo, podemos seguir adelante y estar a la altura de las exigencias. No me voy a centrar en el gasto extra que esto supone. No nacemos con estas pastillas en las manos, ni tampoco con las compresas. Tenemos que comprarlo, y para según qué producto, ¡hasta pagamos el IVA! De modo que ser mujer conlleva un gasto adicional.

Lo que acabo de describir es nuestra suerte en España o en cualquier país desarrollado. Pero, ¿qué pasa en los países en vías de desarrollo? ¿Qué pasa en Etiopía? ¿Qué les pasa a las estudiantes adolescentes en las escuelas rurales de Meki, donde trabajamos?

Les pasa exactamente igual que a nosotras, pero con la diferencia de que no tienen recursos ni para las “pastillas mágicas” ni para comprar compresas. Es frecuente ver a niñas que se duermen en clase, o que parece que estén en otro sitio, que no juegan en la hora del recreo y se muestran poco participativas y reservadas. Son primerizas en la menstruación, que para ellas es un tema tabú; de repente ya no son niñas, sino mujeres porque ya pueden procrear. Ahora la sociedad las mira diferente, y ellas necesitan tiempo para asumir los cambios.

Además de lo anterior, lo más frecuente es constatar la “falta” en las listas de asistencia a clase. Es decir, la mayoría de las chicas adolescentes tienen una ausencia escolar de un promedio de tres días al mes debido a la menstruación. ¿Por qué? Algunos motivos son culturales: vergüenza, tabú, impureza, etc. Otros serían los mismos que tendría cualquier mujer en países más desarrollados si no dispusieran de un “kit de mujer”: no se encuentran bien y/o no tienen medios para controlar el sangrado. Quizás los días que faltan a clase son precisamente los días de los exámenes finales… O se han perdido la clase del tema que sale en los exámenes, o simplemente han perdido el hilo de la historia de su país y ahora les cuesta más seguir la explicación del profesor.

En el proyecto “Aulas para la Igualdad”, que llevamos a cabo en tres escuelas rurales de la zona de Meki, les hablamos a los alumnos y a las alumnas sobre el respeto a los derechos humanos, sobre aquellas situaciones cotidianas y de la vida que se dan en detrimento de estos derechos y en las que las mujeres, por desgracia, solemos ser la parte más directamente perjudicada.

Además de estas sesiones educativas, queremos cortar de raíz el problema de la ausencia escolar debido a la menstruación. No es justo que una chica no pase los exámenes porque no ha podido hacerlos, o porque su asistencia a clase ha sido irregular y tiene lagunas en los conocimientos aprendidos. Y esto tiene una solución inmediata.
Los “Girl’s Clubs”, que en español lo podemos traducir por “equipos de chicas adolescentes”, son grupos que se organizan en el ámbito escolar. Es una iniciativa que se lleva a cabo en varios países africanos y que tiene muy buena respuesta. Se trata de formar grupos de chicas adolescentes, con una maestra como líder o responsable, que se reúnen quincenalmente y en los que se tratan temas sobre la salud de la mujer, la adolescencia, los cambios corporales como la menstruación, sus tabúes, y creencias, sus derechos como mujeres e igualdad con respecto a los hombres, además de otras dudas e inquietudes. También preparan cortas representaciones teatrales en las que se escenifican situaciones de desigualdad que se dan en su vida diaria y que exhiben, con mucho éxito, durante el festival de la escuela, el día de fin del curso.

Nosotras hemos querido apoyarlas con otras actividades complementarias como, por ejemplo, dinámicas de grupo para reforzar su autoestima, o con la elaboración de compresas para la menstruación.

En las zonas rurales un paquete de compresas, que no siempre se encuentran a la venta, es muy costoso y las chicas no pueden permitirse este gasto de forma mensual y durante la mayor parte de su vida.  Normalmente las mujeres usan trapitos y evitan salir de sus casas. Lo que les proponemos hacer a las chicas del grupo de adolescentes es un taller en el que aprenden a confeccionar compresas lavables y reutilizables. Confeccionar una compresa de este tipo puede costar lo mismo que un paquete de compresas convencional con la diferencia de que el gasto se realiza una o dos veces al año, dependiendo del uso y el cuidado. Además, las obsequiamos con unas braguitas y una pastilla de jabón para lavarlas. En el taller utilizamos una compresa ya elaborada como modelo y van siguiendo los pasos hasta completarlas. Obviamente no todas tienen la misma destreza en la costura, pero con la práctica van mejorando. Les enseñamos cómo se utilizan y cómo mantener una buena higiene femenina. Además, y con coordinación con el programa de educación en salud y primeros auxilios que también realizamos en las escuelas, les proporcionamos, cuando lo necesitan, medicamentos para calmar el dolor y puedan atender clases con mejor disposición.

Y de esta manera ya tienen el “kit de mujer”, listas para la escuela, listas para el trabajo, y listas para seguir superando obstáculos en la carrera por una vida digna en la que haya igualdad de oportunidades para todas y todos.

 

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INAUGURACIÓN DE ECOHOTEL Y CASA DE RETIROS ALTOS DE LA CAOBITA (AZUA, REPÚBLICA DOMINICANA)

 
Dolores Puértolas, responsable del proyecto (última por la derecha) con Mons. Tomás Alejo
Concepción y las autoridades civiles que asistieron al acto.

El pasado 12 de marzo tuvo lugar la inauguración y bendición del ecohotel y casa de retiros Altos de la Caobita. Se trata de una iniciativa de la Comunidad de San Pablo en Barrera, República Dominica, que pretende promover un espacio de retiro y ocio en medio de la naturaleza. El fomento del turismo sostenible y la creación de puestos de trabajos directos e indirectos son algunos de los objetivos principales, así como la preservación del medio ambiente en un entorno privilegiado, con la Sierra de Martín García como Parque Nacional de trasfondo y la reserva científica de los manglares de la zona de La Caobita. El proyecto, una empresa social sin fines de lucro, va de la mano de un proyecto del pueblo de Barrera centrado en el desarrollo agroforestal, turismo comunitario y sostenible y capacitación laboral.

El proyecto tiene capacidad para alojar 18 personas en villas y espacios familiares, así como amplio espacio de acampada. Promueve caminatas y paseos en barca por la zona y es un lugar ideal para desconectar del ajetreo de la vida, reponer fuerzas y orar y meditar frente a la maravillosa vista de la playa Caobita.

La bendición del espacio estuvo a cargo de Mons. Tomás Alejo Concepción, obispo de San Juan de la Maguana y contó con la presencia de Antoinette Mensah, directora de la oficina de misiones de la archidiócesis de Milwaukee, así como de diversas autoridades regionales, destacando la presencia de la gobernadora, Grey Pérez, y la senadora Lía Díaz. Agradecemos la ayuda de instituciones y amigos de República Dominicana, EE. UU. y España que desde hace largo tiempo han venido colaborando para la realización de este proyecto.

 

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UN JUEVES SANTO DIFERENTE: LAVATORIO DE PIES Y ZAPATOS NUEVOS

 
Repasando experiencias de distintos miembros de la Comunidad de San Pablo en esta Semana Santa pasada, reproducimos aquí este testimonio de Pablo Cirujeda desde la Ciudad de México
 
En el marco de las celebraciones de Semana Santa que organizamos en la Rectoría del Rosario, en la Ciudad de México, con el apoyo de otras tres parroquias del decanato, tuvimos la idea de organizar un lavatorio de pies diferente para el pasado Jueves Santo.
 
Desde hace un año estamos cocinando y entregando comida a la población desempleada y en situación de calle que se congrega alrededor de la terminal de autobuses y parada de Metro Observatorio, justo en el límite parroquial. Esta actividad se realiza cada martes y jueves, y hemos podido compartir ya más de 15.000 comidas calientes en el tiempo transcurrido.
 
Pensamos en realizar para el Jueves Santo un lavatorio de pies tras la entrega de comida a todas las personas que quisieran recibir este gesto arriesgado y humilde de Jesús. Tras un año caminando con esta población marginal, son innumerables las historias y encuentros que nuestro equipo de pastoral ha atesorado con ellos: historias de violencia, marginación, esperanza, adicciones, lucha, migración…
 
Sin embargo, a diario somos testigos de la carestía en la que se encuentran estas personas, y de que en muchas ocasiones nos han solicitado apoyo con ropa, zapatos o medicinas. ¿Cómo lavarles los pies y ver que esos mismos pies regresan a unos zapatos rotos y gastados? Así que durante el tiempo de Cuaresma nos dedicamos a juntar zapatos nuevos o usados en buen estado entre muchos voluntarios y donantes, y también calcetines para completar cada par.
 
Llegado el Jueves Santo, tras la entrega al mediodía de las habituales 250 comidas, invitamos a nuestros protagonistas a dejarse lavar los pies por alguno de los cuatro sacerdotes presentes, o por algunos voluntarios de este proyecto comunitario. Uno a uno fueron pasando por este sencillo ritual, terminado el cual les pudimos obsequiar con un par de zapatos y calcetines nuevos.
 
Gracias al apoyo de un nutrido grupo de voluntarios de las cuatro parroquias que colaboramos con este proyecto, incluido un coro juvenil, la ceremonia se realizó con orden y mucha emoción por parte de las personas que salían obsequiadas con su calzado nuevo.
 
Este Jueves Santo, a pesar de las necesidades que ha generado la pandemia, pudimos compartir un poco de solidaridad con algunos de los más afectados por la falta de empleo y de un hogar digno.

 

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¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Deseamos un muy feliz Pascua de Resurrección a todos los lectores de este blog, amigos y amigas de la Comunidad de San Pablo.

 

Domingo de Pascua: La cicatriz

En la piel del tiempo hay una cicatriz.
El tiempo, gato viejo, se la mira, mas no entiende.
¿Qué ocurrió aquel domingo?
 
La Herida puntual que nunca
llegó tarde a su cita
en la vida de bacilos, cangrejos y lagartijas,
iguanas, tortugas, felinos, dromedarios y camellos
y ese mono que ahora piensa
y sabe amar,
la Herida vencedora de todas las batallas,
 
aquel domingo del sol
fue derrotada.
 
Dejó una cicatriz
en la piel tersa del tiempo.

Y la luz dividió en dos
la danza del universo.

 

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«NO TENEMOS MÁS REY QUE EL CÉSAR». EL PRECIO DEL MIEDO

Reflexión sobre Viernes Santo

 

Cada Viernes Santo nos encontramos con la Pasión de Jesús según el evangelio de Juan. En el relato, cuando Jesús está a punto de ser condenado, Pilato pregunta a la multitud: «¿Acaso quieren que crucifique a su rey?» Es sorprendente leer que la respuesta no viene de la multitud, sino de los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César» (Juan 19, 15). Esta respuesta es, según mi opinión, una de las ironías más grandes que nos ofrece el evangelio de Juan. El motivo de mi conjetura está en la manera en que Israel concebía la idea de reino, especialmente en el tiempo de Jesús.
 
Aunque estamos acostumbrados a escuchar títulos como Mesías e Hijo de David conectados con Jesús de manera positiva, la institución de la monarquía no fue siempre bien recibida en el judaísmo ni en las Escrituras hebreas. Israel no estaba destinado a tener un rey, como las demás naciones a su alrededor. Dios mismo advierte sobre el peligro de la institución monárquica a través de su profeta Samuel (1 Samuel 8, 10-22). Pero el pueblo de Israel quiso parecerse a las demás naciones, e insistieron en que querían un rey. Dios les concede la petición y con Saúl empieza una cadena de reyes poco exitosos. Tuvieron problemas con David y Salomón, quienes según los libros de los Reyes violaron la única ley que los reyes de Israel tenían que cumplir (Deuteronomio 17:14-20; 1 Reyes 10-11). La institución de la monarquía fue tal fracaso que Israel terminó dividida y en el exilio.
 
Después del exilio de Babilonia, cuando al pueblo de Israel se le permitió regresar a Palestina, por intervención divina, la monarquía se empezó a ver de otra manera. Solo Dios podía ser el rey verdadero de Israel. El pueblo no debió poner nunca su confianza en príncipes humanos, sino solo en Dios (Salmo 146, 3). Esta reflexión se ve muy clara en el libro de los salmos. Si nos damos cuenta de cómo están organizados los salmos, veremos que los primeros tres libros (Salmos 1-89) cuentan la elección y el fracaso de la monarquía, que termina con el rechazo de Dios hacia David (Salmo 89, 39-46). En el resto de la colección, especialmente en los salmos 90-96, encontramos la confesión de que Dios es rey, dejando atrás cualquier deseo por un rey humano. Esta idea se consolidó como resultado de una reflexión sobre la monarquía fallida. El deseo de reestablecer el linaje Davídico quedó vivo en algunos pequeños círculos judíos, lo vemos en los evangelios, por ejemplo cuando a Jesús se le llama hijo de David. Pero incluso Jesús ve el peligro de alimentar la idea de una nueva monarquía terrenal (Juan 6, 15).
           
Volviendo al diálogo entre Pilato y la multitud, nos damos cuenta de la ironía cuando los sumos sacerdotes, que supuestamente rezaban día y noche con los salmos, proclaman rey único al César. ¿Por qué lo hacen? Porque con tal de deshacerse de Jesús están dispuestos a traicionar su propia fe en Dios como el único rey de Israel. “No tenemos más rey que el César” es la culminación de su plan para que los romanos crucifiquen a Jesús. Han escogido ir en contra de su propia fe, e incluso aliarse con su opresor, para condenar a Jesús, quien había desafiado su posición social y autoridad religiosa (Juan 11, 48). Tenían miedo, y tanto era su temor de perder el templo, que traicionaron su propia religión para poder mantener el status quo. Esta ironía no es nueva en la Biblia, también la encontramos en la historia del Éxodo. El pueblo de Israel, después de ser liberado de la esclavitud de Egipto, añora la comida que allá tenía, aun siendo esclavo, y en el desierto rechaza la libertad a la cual Moisés les había conducido (Éxodo 16, 3).
 
Este Viernes Santo es un buen momento para reflexionar sobre cómo nuestros miedos nos pueden apartar de Dios mientras nos aferramos a falsos reyes para sentirnos seguros y protegidos. Para los sumos sacerdotes, en la narrativa de la pasión de Juan, el César se convirtió en una falsa seguridad, ya que ellos rechazaron el mensaje de libertad de Jesús y se aferraron a un templo y un sistema que ya conocían, aun siendo oprimidos. Para el pueblo de Israel en el desierto, Egipto se convirtió en una falsa seguridad que ofrecía comida a cambio de esclavitud. De igual manera nosotros nos sentimos seguros dentro de nuestros sistemas políticos y económicos, dentro de instituciones e ideologías. El miedo a cambiarlos nos puede hacer perder de vista nuestra misión de proclamar el evangelio, y terminar llamando rey a un líder político o a una institución terrenal. Que el miedo nunca nos coarte la capacidad de ser generosos, y que nunca nos lleve a traicionar el evangelio de Jesús. La cruz que celebramos hoy es lo opuesto a una vida plagada de miedos.

 

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AMAR HASTA EL EXTREMO: UN HORIZONTE (NO TAN LEJANO) QUE NOS ELEVA

Reflexión sobre el Jueves Santo

 

 

La frase inicial de la lectura del evangelio que se lee hoy, Jueves Santo, en la misa vespertina de la cena del Señor, sirve de pórtico para toda la celebración del Triduo Pascual: «Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Esta introducción magistral del evangelista Juan es un modo inmejorable de enmarcar todos los acontecimientos que se desarrollarán a partir de aquí: la última cena, el lavatorio de los pies, la oración y el prendimiento de Jesús en Getsemaní, su juicio, condena y crucifixión, su memorable perdón a sus verdugos, desde la cruz, su muerte y su resurrección. La clave interpretativa que explica la actitud del Señor a través de todos estos momentos es que, habiendo amado a sus amigos, los amó hasta el extremo.
 
Hoy, que entramos con fe y emoción en la celebración de los días centrales del año litúrgico, no estaría de más que examináramos nuestra reacción, tanto emocional como racional, ante esta afirmación conmovedora del evangelista. Cuando escucho que Jesús «amó hasta el extremo», ¿qué siento? ¿Qué pienso?
 
Y es importante hacerse esas preguntas porque seguramente estamos ante una de estas frases del Evangelio que tendemos a mirarnos con un punto de suficiencia, a poner entre comillas, o, en el fondo, a pensar que aplicada a Jesús está muy bien, pero que, hoy, aquí, es impracticable, y hasta indeseable. Porque, ¿qué significa, realmente, amar hasta el extremo? ¿Es posible? ¿Acaso existe, en el mundo real, un amor tan puro? ¿Es saludable, este amor que lo entrega todo? ¿Acaso no es esencial practicar el autocuidado? ¿Y acaso no nos enseñan los psicólogos que en todo amor hacia los demás hay un algo (o un mucho) de interés y de amor propio? Desde nuestra experiencia de la complejidad de la vida podríamos leer el relato evangélico y conferirle, tal vez, la categoría de una fábula. Hermosa, sí… pero fábula al fin y al cabo. Y, entonces, leeremos que Jesús amó a sus amigos hasta el extremo y reduciremos esta frase, como mucho, a un ideal. Bonito, pero poco realista. «En el mundo real, nadie ama así», nos diremos.
 
Algo de razón tendremos si pensamos de este modo: la entrega absoluta es patrimonio de muy pocos, y tiene mucho de ideal. En la mayoría de nosotros, los miedos, los egoísmos y la búsqueda de comodidades reducen nuestra capacidad de entrega. Y, no obstante, es crucial que nos demos cuenta de que estamos ante un horizonte posible. Difícil, sí, pero tal vez menos lejano de lo que pensamos. Hay, a nuestro alrededor, en cada barrio de cada ciudad del mundo, en cada aldea, en cada pueblo, personas que aman a otros con una dedicación y generosidad admirables. Extremas. La madre soltera que se desvive por sus hijos trabajando horarios imposibles en condiciones casi inhumanas, la mujer que todos los días va a visitar a su vecina deprimida y la saca a pasear, el nieto que tiene en su casa a una abuela, enferma de años, y la atiende con una sonrisa invencible, los padres que harían cualquier cosa por su hijo discapacitado, la monja que cuida a unas huérfanas como si fueran sus propias hijas… ¡Ojo! Ninguno de estos ejemplos (ni otros muchos que se me ocurren) es retórico o imaginado: para cada uno de ellos estoy pensando en personas de carne y hueso que lo encarnan y he tenido la dicha de conocer. De repente, el modelo de Jesús, amando con una entrega completa, ya no parece tan remoto ni inalcanzable.
 
La Semana Santa, con la contemplación de la Pasión de Jesús (el hombre que amó hasta el extremo), debería servir para que nosotros, que tal vez durante el año dejamos que se enfríe nuestro compromiso cristiano, recuperemos un poco de la pasión de los santos. Vale la pena: en primer lugar, porque tener este amor radical como meta y horizonte nos elevará, incluso si nos quedamos muy lejos de cumplirlo. Dará hondura y amplitud de miras a nuestro caminar. Y, en segundo lugar, porque si «domesticamos» demasiado el Evangelio y pretendemos vivir la fe sin apasionamiento, a medio gas, tarde o temprano acabaremos pensando que el Evangelio exige mucho a cambio de muy poco. «Quien pierda su vida la encontrará», dijo Jesús. Solo quien se entregue del todo, o quien por lo menos lo intente y vea la entrega como algo posible y deseable, cosechará (a pesar de los obstáculos y de muchos momentos duros que le tocará vivir) los frutos de saber que su tiempo y esfuerzos en este mundo están sirviendo para algo, y la alegría que esta convicción conlleva. La entrega absoluta de Jesús, este Jueves Santo, nos advierte de que, también para nosotros, la radicalidad es el camino. Un camino arduo, sin duda, pero que nos eleva por encima de nuestras miserias, que nos ayuda a salir de nuestros pequeños mundos, y que, por eso, vale la pena. Más que nada en este mundo.

 

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